La mayoría de las decisiones económicas que tomamos las hacemos pensando en el futuro, aunque sus consecuencias las vivamos en el presente.
Imagina que te dicen que tu empresa podría recortar personal. Aunque hoy conserves tu empleo, probablemente empezarás a gastar menos. Tal vez pospongas la compra de un automóvil, canceles unas vacaciones y guardes dinero por si las cosas empeoran.
Lo mismo sucede con las empresas. Si sus clientes comienzan a comprar menos, quizá decidan dejar de contratar o incluso empiecen a despedir trabajadores.
Y cuando millones de personas y empresas actúan de manera parecida, sus decisiones pueden frenar toda una economía.
Las investigaciones en torno a estos fenómenos les valieron el Premio Nobel de Economía de este año a Robert E. Hall y Michael Woodford. Su trabajo contribuyó a explicar cómo las decisiones cotidianas de las familias y las empresas se relacionan con las crisis económicas, y cómo los gobiernos pueden intervenir para reducir sus efectos.
Y parte de estas lecciones también pueden ayudar a los gobiernos locales.
En las próximas semanas conoceremos las propuestas de ingresos y egresos que definirán buena parte de las prioridades de los gobiernos para el próximo año. En términos generales, una Ley de Ingresos estima cuánto dinero espera recaudar un gobierno y el Presupuesto de Egresos establece cómo planea gastarlo. Ambas decisiones dependen de lo que las autoridades creen que ocurrirá en el futuro.
Un ejemplo que merece atención es el del municipio de El Marqués. Para 2026, se estimó una recaudación de 3,839.2 millones de pesos; sin embargo, los ingresos alcanzaron los 4,629.5 millones. Es decir, el municipio obtuvo 790.3 millones de pesos adicionales, alrededor de 20.6% más de lo previsto.
La diferencia no es menor. Cuando una familia recibe más dinero del que esperaba, puede tener la oportunidad de ahorrar, pagar deudas o invertir. Para un gobierno ocurre algo similar: contar con mayores ingresos puede abrir la puerta a nuevas obras, mejores servicios o inversiones que antes no estaban contempladas. Pero también plantea preguntas importantes: ¿qué explica la diferencia entre lo estimado y lo recaudado?, ¿pudo haberse previsto mejor? y ¿cómo se aprovecharon esos recursos adicionales?
La lección de Hall y Woodford va más allá de los grandes bancos y las crisis internacionales. Nos recuerda que las decisiones económicas mejoran cuando se apoyan en evidencia, consideran distintos escenarios y reconocen que el futuro es incierto.
Porque la economía no ocurre únicamente en las oficinas de los bancos centrales o de los gobiernos. Ocurre cuando decidimos gastar o ahorrar, cuando una empresa contrata o despide y cuando una autoridad calcula cuánto dinero tendrá para atender las necesidades de su población.
Entender cómo se relacionan esas decisiones es una de las claves para diseñar políticas públicas más responsables. Y también una invitación a cuestionar a quienes administran nuestros recursos sobre cuánto quieren gastar y también por qué creen que podrán hacerlo y qué pasará si sus cálculos fallan.






















