Hay palabras que se usan con tanta ligereza que terminan por perder significado.
Democracia es una de ellas. La escuchamos en discursos, campañas políticas y pronunciamientos de gobiernos cada vez que sienten una amenaza. Pero su significado es bastante más complejo.
El nuevo informe de Latinobarómetro, publicado la semana pasada, nos ayuda a reflexionar en torno a ello.
Cuando se pregunta si la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, en México solamente 45% está de acuerdo. Más inquietante aún: 53% dice que no le importaría un gobierno no democrático si resolviera los problemas del país. El apoyo explícito a un régimen autoritario es del 17%.
No necesariamente estamos frente a una sociedad que quiera abandonar la democracia, más bien estamos frente a una sociedad que parece dispuesta a aceptar menos democracia a cambio de mejores resultados.
Los ciudadanos queremos resultados. Para eso elegimos a nuestros gobiernos, queremos seguridad, educación, salud, justicia, empleo, infraestructura y gobiernos capaces de resolver problemas concretos.
El problema comienza cuando estamos dispuestos a sacrificar los límites, reglas e instituciones para que se logren. Cuando aceptamos la idea de que un gobierno sería mejor si pudiera hacer lo que quisiera; que el Congreso frena decisiones; que los jueces estorban porque revisan; que una institución incomoda porque contradice; o que la oposición y la prensa incomodan porque cuestionan.
En México hemos visto cómo la palabra democracia puede utilizarse para justificar casi cualquier decisión: encuestas que pretenden anticipar elecciones y candidatos, decisiones que buscan imponerse sobre otros poderes, instituciones que desaparecen o reformas que se presentan como expresión de la voluntad popular.
Pero una mayoría también puede equivocarse.
Y esto debería importar especialmente a las nuevas generaciones. Si aprendemos que las reglas son negociables siempre que alguien prometa resolver los problemas, terminaremos valorando el resultado por encima de las condiciones bajo las cuales se obtiene, el fin no justifica los medios, especialmente en democracia.
El desafío está en entender que las instituciones no son obstáculo para conseguir resultados. Son parte importante de la forma en que decidimos cómo se ejerce el poder, quién puede ejercerlo, qué límites tiene y qué ocurre cuando esos límites se cruzan.
La democracia mexicana ha demostrado que puede cambiar gobiernos, pero todavía tenemos el reto de convencer a una sociedad cada vez más exigente de que las reglas, los contrapesos y las instituciones importan.
Una democracia que no resuelve los problemas de la gente puede perder credibilidad y confianza, pero una que decide que para resolverlos necesita eliminar los límites al poder termina debilitando aquello que la hace democrática.
El pueblo elige y esa voluntad debe ser respetada. Pero la voluntad popular no es un permiso para hacer cualquier cosa en su nombre. En una democracia, incluso quien obtiene una mayoría está sujeto a reglas, instituciones y límites.
Rubén Galicia






















