El saludo
Querida “República”: hay palabras que, de tanto usarlas, terminan perdiendo su significado. Lealtad es una de ellas.
Hoy se discute si tener una segunda nacionalidad debería impedir aspirar a la Presidencia de México. El argumento pasa por la soberanía, la responsabilidad y, desde luego, la lealtad.
El mensaje
En “La Cosa Pública”, la lealtad parece tener un extraño código postal.
Se le exige al funcionario ser leal al jefe; al subordinado, a quien firma el nombramiento; al militante de un partido, a su dirigencia; y al político, a quien puede ayudarlo a conservar el poder. Y si además aplaude, justifica, mira hacia otro lado y calla cuando debe hablar, entonces alcanza la categoría de “leal”.
Lo cierto es que la lealtad auténtica empieza mucho antes de llegar a una oficina de gobierno; empieza con uno mismo. Con los principios que se defienden, cuando nadie está mirando; con la capacidad de sostener una convicción, incluso cuando hacerlo cuesta; con el valor de decirle a un superior que se equivoca, aunque eso ponga en riesgo el nombramiento, la candidatura o la quincena.
Por ello, vale la pena llevar el debate sobre la doble nacionalidad a una pregunta más profunda: ¿qué hace leal a una persona con México?
¿Acaso un pasaporte?, ¿una renuncia?, ¿un documento firmado? ¿O su conducta, su trayectoria, el respeto a la Constitución y la manera en que ejerce el poder?
Claro que la soberanía importa. Y también es legítimo discutir si determinadas responsabilidades públicas deben tener requisitos particulares. Pero una segunda nacionalidad, por sí misma, no explica la lealtad de una persona; del mismo modo que una sola nacionalidad tampoco la garantiza.
“La Cosa Pública” acumula suficientes ejemplos para recordarnos que el problema nunca ha sido solamente de dónde tiene uno el pasaporte; sino dónde ubica uno la conciencia.
Hoy no basta con tener funcionarios con una sola nacionalidad. Lo que necesitamos son servidores públicos leales a México, leales a la Constitución y al interés público.
La despedida
Querida República: bien haríamos en recuperar el significado de algunas palabras, antes de seguir utilizándolas como consigna. Entonces advertiríamos que la verdadera lealtad no consiste en decir siempre que sí; a veces consiste, precisamente, en saber decir que no.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.























