Pan y Circo

Los poetas, como todos, en el baño hacen del cuerpo, obviamente, pero cuando eres un adolescente, que quiere descubrir el mundo leyendo enciclopedias, como era mi caso, llegas a creer que los bardos ni comen, no beben y no hacen de sus necesidades, unos llega a pensar que son seres etéreos (no estéreos) que viven de la copla y el verso y que en el aire las componen.

Aclaración. Para los que nacieron después de los noventa aclaro que una enciclopedia era el equivalente a la Wikipedia para los que nacieron antes de esta década.

Una enciclopedia es un libro enorme, física y metafóricamente, con todo tipo de información, que también servían para que tus padres te amenazaran: “Si sigues de vago terminarás vendiendo enciclopedias”.

Segunda aclaración. Hasta hace 20 años, la gente podía ganarse la vida vendiendo enciclopedias de casa en casa y en abonos. Claro, para pagar una enciclopedia de 20 tomos podía tarda media vida. Lo peor es que cuando concluida la deuda, la gente ya no se acordaba de esos libros tamaño tabique y muchos no habían leído ni la página de introducción.

Todavía en los ochentas, unos seres que desaparecieron del planeta, se extinguieron, llamados sociólogos, determinaban el nivel sociocultural de un hogar con sólo mirar la sala de su casa: si tenía televisión, pero no libros, seguramente era una familia numerosa y con poca cultura.

Si tenía libros, pero no televisión, eso significaba que era pobre, intelectual y una persona aburrida.

Si sólo tenía televisión, pero no libros, ni sala, pertenecía a la clase a la que Emilio Azcárraga definió como “jodidos”.

Claro, había jefes de familia que compraban una enciclopedia y la colocaban en la entrada de su casa, sólo para aparentar ser de un estrato social al que no  pertenecían.

Ahora, para jugar a las apariencias, la gente instala un home theather, vende media vida por un auto que no pagará jamás y compra compulsivamente bajo el plan de mil ocho mil meses sin intereses.

Ahora esos libros, que se acumulaban por decenas, un volumen dedicado a una sola letra, sólo sirven para adornar las bibliotecas de las casas viejitas.

Tercera aclaración. Ahora, eso de tener libros en la casa, en esas cosas que se llaman bibliotecas, es cosas de viejitos, de anticuados.

Un adolescente generación “postgamer”, escucha la palabra biblioteca, se imagina épocas tan remotas como los romanos, a hombres cargando papiros y montándolos sobre anaqueles o edificios grandes y feos, como el Centro Cultural Manuel Gómez Morín.

Instituciones donde la gente asiste y entra con miedo, ya que siempre están en silencio y con la seriedad de quien asiste a un funeral.

No es necesario aclarar que las bibliotecas ni son tan solemnes, ni son tan aburridas, y que la gente sí se comporta como si fuera a la toma de presidencial.

Las enciclopedias son ahora, cosa del pasado. Sirven igual para detener la pata cucha de una mesa o para acumular polvo en una esquina oscura de la casa.

Se acumulan en las puestos de baratijas, en espera de que un despistado las compre y casi siempre termina en el cielo de las enciclopedias, es decir, en la basura.

Era otros tiempos o como dice el poeta del pueblo, la vida, como las enciclopedias, ya no valen nada.

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