El avance de la derecha en América Latina no es, en el fondo, una conversión masiva a un ideario conservador o liberal. Es, sobre todo, un voto de castigo. Un rechazo acumulado a promesas que se agotaron. Lo que estamos viendo no es tanto el triunfo de una doctrina como el agotamiento de otra, y la peligrosa ilusión de que el siguiente mesías va a resolver lo que el anterior no pudo.

Durante más de una década, una parte importante de la región apostó por gobiernos que se presentaron como la corrección histórica de las desigualdades. Hablaban de redistribución, de inclusión, de poner al pueblo por encima de las élites. En muchos casos, lograron mejoras reales en indicadores sociales. Redujeron pobreza, expandieron transferencias, democratizaron el acceso a ciertos bienes públicos. Pero también cultivaron un estilo de liderazgo personalista, desconfiado de las instituciones, propenso a la polarización y, con el tiempo, cada vez más distante de los resultados concretos que la gente esperaba. La inflación, la inseguridad, la percepción de corrupción y el estancamiento económico terminaron erosionando esa legitimidad. Cuando las expectativas se inflan más allá de lo posible, el desencanto es inevitable.

Ese desencanto no se tradujo en un giro hacia el centro o hacia soluciones técnicas. Se tradujo en un nuevo ciclo de esperanza mágica. Ahora el pueblo castiga a los populistas de izquierda votando a los populistas de derecha. Milei en Argentina, Kast en Chile, de la Espriella en Colombia, Fujimori en Perú y, potencialmente, Flávio Bolsonaro en Brasil no son exactamente la misma cosa. Tienen matices: unos más libertarios, otros más autoritarios, otros más religiosos. Pero comparten un patrón: se presentan como la ruptura definitiva con un orden fallido, concentran la esperanza en una figura fuerte y prometen soluciones drásticas a problemas complejos. Seguridad total, Estado mínimo, recuperación moral, fin de la decadencia. El discurso cambia de signo, pero la lógica sigue siendo la misma: la realidad es sencilla, los culpables son claros y el líder tiene la llave.

El problema de fondo no es si la derecha es mejor o peor que la izquierda. El problema es el populismo como forma de hacer política. El populismo, de cualquier signo, reduce la complejidad a una narrativa emocional. Convierte a los ciudadanos en espectadores de una epopeya donde hay un pueblo virtuoso y unos enemigos que lo traicionan. Esa simplificación funciona electoralmente porque alivia la ansiedad. Pero fracasa en el gobierno porque la realidad no se rinde a las consignas. Los precios no bajan porque se grite más fuerte. La violencia no desaparece porque se amenace más. Las instituciones no se fortalecen porque se las desprecie.

Ya lo vimos con los populismos de izquierda: cuando los resultados no acompañan, el líder suele acusar a fuerzas oscuras, a la prensa, a los jueces, a los “poderes fácticos”. El ciclo de decepción se reinicia. Ahora estamos en la fase en que los nuevos salvadores aún gozan del beneficio de la duda. Pero las promesas desmesuradas tienen fecha de vencimiento. Cuando la inflación no se controle del todo, cuando la inseguridad no ceda al ritmo anunciado, cuando el ajuste duela más de lo esperado, el mismo electorado que hoy celebra el cambio empezará a buscar otra vez al siguiente que prometa romper con todo.

América Latina no está viviendo una revolución ideológica. Está atrapada en un péndulo emocional. Cada vez que un gobierno defrauda, el electorado no corrige el rumbo: cambia de promesa mágica. El resultado es una sucesión de ciclos cortos, de polarización creciente y de instituciones debilitadas. El verdadero costo no es que gane la derecha o la izquierda. Es que cada vez se hace más difícil gobernar con realismo, porque el realismo no genera el entusiasmo que el populismo sí.

Hay una ironía amarga en todo esto. Muchos de los que hoy celebran el fin de la “era progresista” creen estar votando por la normalidad. En realidad, están votando por otra versión de la excepcionalidad. Y la excepcionalidad, cuando se vuelve habitual, termina agotando a las sociedades. El desafío no es elegir entre un populismo y otro. Es aprender, de una vez, que los problemas estructurales de la región, desigualdad, debilidad institucional, baja productividad, violencia, no se resuelven con líderes que prometen el paraíso. Se resuelven, de manera imperfecta y gradual, con políticas serias, con instituciones que funcionen más allá del carisma de quien las ocupa y con ciudadanos que dejen de buscar mesías.

El voto de castigo es legítimo. Es incluso saludable cuando sirve para corregir rumbos. Deja de serlo cuando se convierte en el único mecanismo disponible. Porque entonces no se castiga a un gobierno: se castiga a la posibilidad misma de construir algo estable. Y eso, al final, nos condena a repetir la misma película con distintos protagonistas.

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