La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, con un histórico 43.8% de los votos, no puede leerse sólo como un fenómeno regional. Lo cierto es que, forma parte de una tendencia que atraviesa el país y buena parte de Europa, planteando diversos tipos de riesgos. ¿Qué impactos tendría este suceso para el equilibrio democrático del continente?

No es sorpresa que la extrema derecha ha acumulado mayor y mayor representación en Europa en las últimas dos décadas. Su crecimiento se ha generado por varias razones de acuerdo con el país, desde migración, pelea por puestos de trabajo, hasta incluso intolerancia religiosa.

En el caso alemán, cada nueva victoria de AfD aumenta la presión sobre partidos como el Christian Democratic Union, partido longevo y amplia participación en los gobiernos del país; para replantear su negativa a pactar con la ultraderecha, especialmente en estados donde gobernar sin ella resulta cada vez más difícil ante la falta de escaños obtenidos. La cuestión es que si eventualmente la Unión cede y decide pactar con la extrema derecha, generaría un precedente peligroso para las subsecuentes elecciones y coaliciones en Alemania.

A esta situación se le suma un riesgo político, democrático e institucional. La oficina federal de protección de la Constitución ha calificado a la rama nacional de AfD como movimiento de extrema derecha confirmado, a causa de sus tendencias que describe como racistas y antidemocráticas. Esto indica un riesgo mayúsculo, puesto que un partido clasificado así se acerque al poder ejecutivo regional, y aspire a tenerlo a nivel federal, pone a prueba directamente los mecanismos de autodefensa que la democracia alemana diseñó tras el nazismo, movimiento del que sabemos sus atrocidades.

Ahora, el fenómeno alemán no ocurre de forma aislada. AfD forma parte de un grupo de partidos de extrema derecha que ya gobiernan o cogobiernan en Italia, que hasta hace poco lo hicieron en Hungría, y que tienen fuerte presencia parlamentaria en Francia, Países Bajos, Austria y otros países. Una AfD fortalecida en el Parlamento Europeo y en el Consejo, a través de un futuro gobierno regional o federal, podría inclinar aún más el equilibrio de fuerzas hacia posiciones euroescépticas, endurecer las políticas migratorias comunitarias y debilitar el consenso en torno a temas centrales como el apoyo a Ucrania o la integración europea.

Esto es particularmente preocupante y peligroso por algunas razones. Desde un punto de vista simbólico para la Unión Europea, Alemania ha sido históricamente uno de los pilares del proyecto europeo y un contrapeso a las tentaciones nacionalistas de otros socios. Un giro significativo hacia la ultraderecha en la mayor economía de la Unión podría generar una señal de legitimación a movimientos similares en otros países, reforzando una dinámica de difusión y aprehensión ya visible en los últimos ciclos electorales europeos.

El riesgo es real y no debe minimizarse, pero su magnitud final dependerá de decisiones políticas que aún deben tomarse. Si los partidos tradicionales logran ofrecer alternativas creíbles al descontento que alimenta este voto, y si las instituciones democráticas, en Alemania y en Europa, logran adaptarse sin ceder terreno a la normalización de la extrema derecha, habría una posibilidad y un camino hacia el freno del ascenso de la ultraderecha.

Niels Rosas Valdez

Historiador e internacionalista

@NielsRosasV (X)

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