Ahora les llaman —casi despectivamente— covers. A principios de los 60, eran, acaso, versiones. Se trataban de éxitos del rock en inglés que cantaban grupos mexicanos con letras que apenas se parecían a las  originales. Tampoco importaba mucho la “distorsión” de lenguaje para aquella generación.

Lo indispensable el cuerpo lo pedía, era saltar a la pista a bailar y sumarse a la fiebre alocada de la posguerra. Todavía hoy, las fiestas mexicanas rinden parte del soundtrack a aquellos felices días de La pólvora.

Así, en 1961,  Los rebeldes del rock (nombre que les sugirió el gran hombre de carpa Jesús Martínez Palillo) descomponen la radio nacional con su versión de “Day-O (The Banana Boat Song)”, grabada en Estados Unidos cinco años antes por Harry Belafonte, muerto hace unos días a los 96 años.

Así, sin saberlo,  millones de jóvenes conocieron a uno de los máximos cantantes de la historia,  nacido en Nueva York el 1 de marzo de 1927.

Claro, la exquisita voz de Johnny Laboriel ayudó a que    “pegara” en las estaciones radiales de todo el país. El rock and roll tocaba  con ruido a la puerta de las casas mexicanas. Nada volvería a ser igual: nacía la juventud mexicana. Un año antes, Los Rebeldes del Rock  lanzaron otra pieza histórica: “La hiedra venenosa”.

“Vendedor de bananas” —así bautizaron la obra de Belafonte— rendía homenaje a un luchador por la igualdad racial. Cuando se vive una historia no importa mucho la historia. Aquellos jóvenes estaban en la ola y no pensaban en lo que vendría después.

Belafonte, de ascendencia jamaicana, sería vital en los movidos años siguientes. Pertenecería a una generación afroamericana de nombres célebres: Malcom X, Martin Luther King, Rosa Parks, Muhammad Ali y una larga lista de jazzistas y vocalistas negros. Johnny Laboriel sabía de qué se trataba del asunto. Era negro de ascendencia hondureña.

Belafonte nació en Nueva York 15 años antes que Johnny. Ya amo del calipso —ritmo caribeño pegajoso y sensual— vivió de cerca la llegada de los hombres de color al beisbol, las batallas de Luther King, el homicidio de John F. Kennedy y la Guerra de Vietnam. Tampoco Belafonte se enteró que en 1964 Los Rebeldes se habían desintegrado después de “traer” su ritmo a México.

El mestizaje musical se produjo con gozo y penetró tan profundamente como el que se dio con Elvis Presley y Bill Halley, quien sí tuvo la oportunidad de presentarse (como los estadounidenses  The  Platters) varias veces en México.

Belafonte, quien sobrevivió 10 años a Laboriel, fue un luchador incansable por los derechos de niños en África. Embajador de la Unicef, se sumó a las campañas sociales para frenar la propagación del VIH en ese continente y tuvo la satisfacción de ver la llegada, en 2008, de  Barack Obama a la Casa Blanca, frente a la que batalló Luther King.

Pero, sobre todo, Belafonte quería ser actor. Estudió al lado de Marlon Brando y Tony Curtis, dos grandes del teatro estadunidense. Además, abrió camino: fundo el American Theatre Workshop. Hollywood no fue ajeno a su talento. En la cinta The world dejó en claro que lo tenía y sobradamente.

En 1988, el cineasta y productor  Tim Burton recuperó el calipso en el clímax de Bettlejuice, un divertimento protagonizado por Geena Davis, Michael Keaton y Alec Baldwin. Belafonte se volvió inmortal.

mauriciomej@yahoo.com
Twitter: @LudensMauricio

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