El domingo pasado, Viktor Orbán perdió las elecciones en Hungría. Con el 96% del escrutinio, el partido opositor Tisza obtuvo 138 de los 199 escaños parlamentarios, suficientes para la supermayoría que permite reformar la Constitución. Orbán había convertido a Hungría en el caso más documentado de degradación democrática dentro de la Unión Europea: el Instituto Varieties of Democracy la clasificaba como “autocracia electoral”, régimen en el que se mantienen las elecciones como legitimación formal pero se vacían los contrapesos y el pluralismo desde dentro. La derrota de Orbán no es una victoria del sistema democrático húngaro; es la demostración de que incluso un régimen diseñado para ser indestructible tiene un límite de tolerancia ciudadana. México está recorriendo el mismo trayecto, solo que con varios años de retraso.

El informe V-Dem 2026 no deja mucho espacio para el eufemismo. Desde 2024 México vive una autocracia electoral y ocupa el lugar 110 de 179 en el índice de democracia liberal, por debajo de países como Hungría, India, Líbano, Ucrania y Bolivia. La caída acumulada en el índice de democracia liberal desde 2019 ronda los 0.207 puntos, con retrocesos medibles en independencia judicial, supervisión del Ejecutivo y libertades civiles. No son cifras de un instituto marginal: V-Dem mide más de 600 atributos democráticos con datos de más de 4 mil 200 expertos en 202 países.

El diagnóstico apunta a un proceso de desmontaje gradual que tomó aproximadamente siete años: comenzó con López Obrador en 2018 y Sheinbaum ha continuado esa tendencia. El patrón es el mismo que Orbán perfeccionó en Hungría: concentración del Ejecutivo, mayoría legislativa que elimina la deliberación real y reforma judicial que politiza los tribunales. El informe identifica la reforma que introduce elecciones populares para el Poder Judicial como una práctica sin precedentes en democracias consolidadas, señalada por organismos técnicos internacionales como una amenaza a la independencia de ese poder.

La lección húngara no es optimista. Magyar asumirá el poder con 16 años de colonización institucional detrás: tribunales, medios públicos, reguladores y universidades moldeados para servir al partido saliente. La experiencia comparada muestra que ganar la elección que pone fin a una hegemonía es el paso más visible, pero no el más complejo. En México ni siquiera hemos dado ese primer paso. El propio reporte V-Dem advierte que cuando una democracia entra en fase de autocratización es más probable que colapse a que logre revertir el proceso, y las redemocratizaciones suelen concretarse después de uno o dos periodos de autocracia. Hungría tardó 16 años en llegar al punto de quiebre y necesitó la participación electoral más alta desde la caída del comunismo para cruzarlo. México lleva siete. ¿Cuántos más se necesitan para que la tendencia sea irreversible?

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