Luis Antonio Rangel Méndez

Transformadores vs. Ejecutores: la urgencia de reconfigurar el futuro

Dentro de la trayectoria profesional y pública de cada persona existen dos matices fundamentales: el primero tiene que ver con el ejercicio del oficio o profesión dentro del marco conceptual y normativo ya establecido; el segundo busca transformar las reglas del juego. Para efectos de análisis, llamemos a los primeros “ejecutores” y a los segundos “transformadores”.

Esta distinción no pretende emitir un juicio de valor sobre la valía de uno sobre el otro; ambos roles son fundamentales. Cuando un sistema social, político y económico encuentra estabilidad, los ejecutores son indispensables para llevar dicho sistema a su máximo potencial. Sin embargo, cuando las instituciones se agotan, la necesidad de cambio se vuelve apremiante. Es en esos momentos cruciales de la historia donde los transformadores deben emplearse a fondo para rediseñar los ecosistemas que regirán los años venideros.

Hoy cruzamos el primer cuarto del siglo XXI sumergidos en transformaciones aceleradas y en tiempo real. Como se ha dicho con acierto, no vivimos simplemente una época de cambios, sino un verdadero cambio de época. Esta nueva era exige, en primer lugar, tomar conciencia de nuestra realidad y, en segundo lugar, trabajar decididamente en los cambios profundos y estructurales que den sustento y sostenibilidad al futuro de nuestras comunidades.

En espacios anteriores he insistido en la urgencia de rediseñar nuestras instituciones. Hoy me parece indispensable poner el acento en los actores que deben encabezar este proceso: ¿qué características deben tener los transformadores?

Ciertamente, toda persona con voluntad de sumarse a generar un impacto positivo es bienvenida. Sin embargo, el protagonismo de esta evolución recaerá en aquellos perfiles que, siendo idealistas, logren aplicar un claro pragmatismo.

Los idealistas han sido vitales a lo largo de la historia para colocar nuevas ideas en el debate, abrir ventanas de oportunidad y testificar la lucha social. No obstante, los verdaderos saltos cualitativos ocurren cuando la visión trasciende el sueño y se traduce en hechos. Se necesitan líderes que, ocupando espacios de toma de decisión, estén dispuestos a negociar y articular consensos para asegurar que las prioridades de la agenda de cambio se concreten en la realidad.

En esta tarea de transformación profunda, a los únicos que no podemos emplear es a los ingenuos: aquellos que asumen que las buenas intenciones son suficientes. De ellos están llenas las mesas de café donde se critica todo, se construyen castillos en el aire y sus integrantes se colocan sistemáticamente del "lado correcto de la historia", pero jamás hacen historia.

Si realmente buscamos transformar nuestro entorno, requerimos perfiles estratégicos y de acción. Existe la brecha entre el pensamiento y el comportamiento; todos hemos presenciado apasionadas sobremesas sobre lo que el país necesita, seguidas de nula acción o, peor aún, de parálisis por miedo.

Es hora de que los actores políticos y la sociedad civil dejemos de consumir la política como producto de entretenimiento e indignación diaria. Estar enterados e indignados no nos convierte en agentes de cambio. Es un punto de partida, sí, pero debemos dar el salto hacia un activismo constructivo y consciente.

Exigir que el espacio público converse sobre lo que verdaderamente importa es la primera acción concreta en esta ruta. Requerimos un sistema con mayor capacidad de escucha, espacios institucionales sólidos para procesar nuestras ideas (diferentes) y aspiraciones, marcos de trabajo más humanos y esquemas de colaboración que potencien el talento colectivo. Urge la IH (Inteligencia Humana) vs la IA.

El agotamiento de las formas tradicionales es evidente. El diseño de lo que viene ya no puede postergarse, y el futuro, hoy más que nunca está en la acción.

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