Luis Antonio Rangel Méndez

El fenómeno outsider y la urgencia del rediseño del sistema

Durante los últimos años en el mundo y en América Latina, los denominados outsiders han ganado más elecciones que aquellos perfiles que la gente identifica como políticos tradicionales. Un outsider es, por definición, una persona que se involucra en política sin tener una experiencia significativa en ella y que llega al poder por una vía diferente al sistema tradicional. Son también conocidos como políticos antisistema. Normalmente pueden adherirse a un partido político que se ha quedado sin un liderazgo que pueda generar tracción entre el electorado, o bien, presentarse como independientes.

Algunos casos ilustrativos de este fenómeno son: Abelardo de la Espriella en Colombia, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina, Rodrigo Chaves en Costa Rica, Pedro Castillo en Perú, Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil, Jimmy Morales en Guatemala y Ollanta Humala en Perú.

Ante este hecho surge una pregunta ineludible: ¿por qué los outsiders han tenido éxito en el contexto político electoral mundial? La respuesta reduccionista sería pensar que se trata de una razón de corte mercadológico, referida a la distinción que se genera entre un producto novedoso y disruptivo frente a uno tradicional, acartonado y aburrido. Y en parte, esa explicación superficial es real; sin embargo, no es más que la punta del iceberg. Existe un problema subyacente que es mucho más profundo y que trastoca incluso el transitorio éxito de estas figuras.

Sostengo que es la obsolescencia del sistema político, electoral y de administración pública lo que está en la vasta base de este iceberg. Es el sistema establecido el que resulta incapaz de cumplir con las expectativas de los ciudadanos. No solamente carece de eficacia, sino que los abusos perpetrados bajo su amparo se han ganado el profundo rechazo y la molestia social.

Este viejo sistema anquilosado incluye a políticos y partidos tradicionales, medios de comunicación convencionales y diseños burocráticos obesos, altamente ineficientes e ineficaces. A esto se suma el secuestro de las instituciones por grupos de poder que actúan como verdaderas mafias de delincuencia organizada.

Ahora bien, el éxito de un outsider solo garantiza la llegada de una nueva autoridad, mas no un cambio estructural de estos viejos y corruptos sistemas. Una nueva élite que, sin modificaciones de fondo, más temprano que tarde volverá a decepcionar a los ciudadanos. La frustración se apoderará de nuevo del ánimo social. Y aun cuando un outsider tenga aciertos gubernamentales, si el sistema no se transforma, dichos aciertos no serán sostenibles en el tiempo.

Por todo lo anterior, quiero enfatizar la necesidad y marcada urgencia de entender que, en este cambio de época, debemos impulsar una reconfiguración profunda del sistema político, electoral y de administración pública en nuestro país.

Los cambios siempre enfrentan resistencia. Está estudiado que esta resistencia no surge hacia el cambio en sí mismo, sino hacia las posibles pérdidas que pueden devenir de él. Nadie que tenga uso de razón se negaría a un cambio que le implique un ascenso o ganar la lotería. En el caso que nos ocupa, nos enfrentamos a un reto adaptativo: no se trata de una intervención técnica sencilla, sino de modificaciones estructurales y de comportamiento humano donde el objetivo no es una solución mágica, sino un progreso sostenido.

Ya varios outsiders comenzaron a caer. Porque no se trata de que lleguen mesías o salvadores, sino de empujar hacia la constitución de un sistema que distribuya el poder y los recursos en varias personas e instituciones. Necesitamos un modelo capaz de sumar, escuchar y concertar de manera sistémica; un esquema flexible y colaborativo donde el talento se aproveche al máximo para generar bienestar.

Este reto adaptativo ya comenzó a enfrentarse y el progreso empieza a vislumbrarse. La gran pregunta es cuánto tiempo nos llevará convertir este avance en cultura. La respuesta correcta no radica en el tiempo, sino en la acción determinada y en el propósito de vida que muchos hemos encontrado en esta causa fundamental para nuestra democracia.

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