Comienza el proceso electoral y, con ello, empiezan a desvelarse las y los candidatos a los diversos puestos de elección popular que estarán en juego en 2027. Arrancan los reacomodos y las pláticas de poder en cada uno de los partidos, así como en los círculos políticos y en el conocido círculo rojo. Los medios de comunicación no son ajenos a estas conversaciones y tratan de desentrañar quiénes serán los abanderados de cada instituto político. El grueso de los ciudadanos poco enterados están todavía del cronograma de decisiones electorales, pero comienzan a encontrar de nuevo, una conversación que ya les es familiar.
Lo mismo comienza a suceder entre los empresarios y las diversas organizaciones de la sociedad civil; inician las reuniones para alinear sus respaldos derivados de alguna petición en particular y de ciertas expectativas (algunas nobles y otras inconfesables). Se desata la incertidumbre y el morbo por identificar qué partidos y candidatos tienen más o menos posibilidades de acceder al poder el próximo año. Empieza el juego de las encuestas publicadas, la especulación y la comentocracia.
Bajo este panorama, emergen también los oportunismos de siempre: aquellos que abandonan barcos cuyo ciclo termina para subirse a otros nuevos, vendiendo ideas y ofreciendo servicios, siempre a cambio de beneficios personales. Asimismo, se develan los diferentes posicionamientos para convencer al electorado de que una u otra visión son más convenientes. Comienza el juego de narrativas que, desde todas las trincheras, se empezarán a construir impulsadas, en muchas ocasiones, desde los despachos más prestigiados de consultoría político-electoral.
Los intereses económicos también se alinearán para apoyar a los diferentes proyectos. Esto sucede en todo el mundo; no es algo nuevo ni es exclusivo de nuestro estado de Querétaro o de nuestro país. El relevo de quienes ejercen el poder es algo con lo que hemos convivido prácticamente desde el nacimiento y lo hemos vivido desde diferentes perspectivas.
La pregunta que me surge a propósito de los “tiempos políticos” y que quiero compartir con ustedes es: ¿de verdad pensamos que, con la llegada de estos nuevos perfiles, las cosas cambiarán radicalmente?
Lo he sostenido en diversas columnas y es mi objetivo volver a poner el dedo en la llaga: podemos seguir cada tres y cada seis años eligiendo a nuevos rostros para que tomen el control del poder, y muchos de ellos pueden llegar a ser excelentes personas; sin embargo, está claro que si no hacemos adecuaciones a nuestro sistema político y administrativo, las cosas no van a cambiar en la manera más conveniente. Por el contrario, la improvisación, la escasa técnica en la toma de decisiones y los proyectos de corto plazo seguirán siendo el principal motivo de los rezagos, de la deficiente gestión ante los problemas complejos de nuestro tiempo y del desperdicio de oportunidades que se avecinan.
El poder se ha gestionado de la misma manera durante prácticamente un siglo, contando desde la Constitución de 1917. Hoy requerimos que el poder esté más distribuido y pueda compartirse para obligar al diálogo genuino y a la construcción de consensos. Mientras el poder siga concentrado, poco podremos avanzar de manera sostenible en la atención adecuada de los problemas y en el aprovechamiento de nuestras oportunidades.
Querétaro y México pueden ser mucho mejores lugares de lo que hoy son. Está en nuestra generación comenzar una transición responsable hacia instituciones democráticas más sólidas, que impulsen una toma de decisiones de política pública con resultados eficaces para el corto, mediano y, sobre todo, el largo plazo.
Bienvenida la época electoral. Alguien tendrá que ganar en 2027. Esperemos que esa nueva administración tome el liderazgo requerido para entrar de lleno a un rediseño institucional que ponga a Querétaro a la vanguardia del país y de América Latina, convirtiéndolo también en un referente mundial sobre la necesidad de colaborar para alcanzar mejores resultados.