¿Cómo se recoge una ausencia? Las flores empiezan a responder antes que nosotros: dejan caer los pétalos y se vuelven quebradizas. La cera se ha enfriado en pequeños relieves y el papel se ve desgastado. Hay que retirar los alimentos, sal, velas… hasta que las manos llegan a una fotografía; donde el rostro sigue allí, con la misma expresión que tenía cuando lo colocamos entre las velas.

Levantar una ofrenda reúne tareas de pesos distintos. Algunas encuentran su explicación en el desgaste de los materiales; otras nos detienen sin que haya una razón visible. Un marco apenas pesa, pero cuesta moverlo; también ese objeto que perteneció a alguien y que, durante unos días, estuvo entre flores. Al guardarlo cambia algo en la habitación: se dispersa la reunión que habíamos construido con tanto cuidado.

Quienes preparan la ofrenda eligen la composición, los colores y las texturas, buscan dónde colocar un retrato. Recuerdan un gusto, preparan una receta. Esa preparación contiene saberes que pasan de una persona a otra. Su belleza está atravesada por el trabajo de recibir. Cada cosa ocupa un lugar porque alguien pensó en su ser querido.

Pero las flores no deciden por sí solas cuándo termina la visita. Cada comunidad tiene sus tiempos para recibir y despedir. En el valle de Texmelucan, Puebla, se documentan ofrendas desde el 28 de octubre para quienes murieron en accidentes, antes de las dedicadas a niños y adultos. En Yucatán, el bix u octava renueva la celebración una semana después; en la Huasteca Baja, el Ochavario acompaña la despedida de las ánimas que, según la creencia, permanecen unos días más. Los calendarios responden a distintas maneras de entender su llegada, su estancia y su regreso. Entre las flores que se secan y las fotografías que cuesta guardar, hay un tiempo ritual que orienta nuestras manos; también la despedida requiere su momento.

Desde la infancia,yo recuerdo que el final de la ofrenda puede tenía otro sabor; la espera de los dulces o la fruta; jugar con un alfeñique, una figurita que puede entrar en el juego antes de desaparecer entre los dientes.Los adultos levantan los platos mientras las manos infantiles reciben algo de lo que estuvo dispuesto para los muertos. Con los años, ese mismo movimiento puede adquirir una gravedad desconocida. La atención se demora en los retratos y en las pertenencias. En una sola vida caben la impaciencia por un dulce y la nostalgia de guardar una fotografía. También pueden coincidir: comer algo con gusto, recordar una voz y seguir recogiendo. La experiencia de una tradición cambia con quienes participan en ella y con las ausencias que vamos aprendiendo a nombrar.

Mirar la ofrenda desde sus materiales permite advertir que el tiempo nunca estuvo fuera de la escena. La llama consumía la vela mientras iluminaba. Las flores empezaban a secarse mientras rodeaban los rostros. Al desmontar, encontramos las huellas de esa duración: cera adherida, tallos vencidos, el contorno de una gota sobre el mantel. La materia conserva por un momento las señales de lo que ocurrió.

Las fotografías plantean otra dificultad; Puesto que han sido tomadas en años distintos, durante una fiesta o una tarde cualquiera; Aquí, reunimos instantes que nunca sucedieron juntos. Bajo las flores, esos rostros comparten un presente dispuesto por quienes los recordamos. Retirarlos deshace esa cercanía visible. Quizá por eso el gesto requiere más cuidado que su peso: estamos cambiando de lugar una relación que durante unos días pudimos mirar. Después, cada objeto sigue un destino. Hay fotografías que regresan a una pared y otras que se protegen en un cajón. Un plato vuelve a servir la comida; una tela queda doblada hasta el año siguiente.

La mesa recupera poco a poco su superficie. Pronto habrá que poner sobre ella una taza, un cuaderno, las ocupaciones de cualquier mañana. Tal vez quede un pétalo prendido en un doblez o una pequeña resistencia al guardar el último objeto. La casa continúa, con sus necesidades y sus ruidos. Y nosotros volvemos a sentarnos allí, ante ese espacio que ya tiene sitio para otras cosas, preguntándonos dónde se queda lo que acabamos de recoger.

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