#DesdeCabina hay una frase que todo piloto conoce y que pocas veces se dice en voz alta: "nunca es tarde para irse al alterno". Cuando las condiciones se deterioran en la aproximación, el comandante puede optar por continuar, presionado por el itinerario, por el combustible que se consume, por los pasajeros que esperan llegar. O puede reconocer que lo prudente duele más que lo cómodo, virar y dirigirse a otro aeropuerto. Esa decisión no la aplaude nadie en el momento. No hay pasajero que agradezca el desvío mientras lo vive. Pero es, precisamente, la decisión correcta.

He aprendido, después de años de ver operar una terminal y de involucrarme en la gestión educativa desde hace más de dos décadas, que lo correcto rara vez es lo que genera aplausos inmediatos. Casi siempre implica un costo que alguien debe pagar primero: tiempo, comodidad, popularidad o dinero. Y ese costo, mientras se paga, se siente como una herida. Sobre ello quisiera reflexionar con mis fieles lectores este martes #DesdeCabiana

Pensemos en la salud pública. La Organización Mundial de la Salud calcula que la vacunación evita entre 3.5 y 5 millones de muertes cada año, y aun así cada campaña enfrenta resistencia: dudas, incomodidad, el pinchazo que ningún niño pide. El beneficio es colectivo y se cosecha después; el costo es individual y se paga de inmediato. Quien decide vacunar a tiempo, o quien diseña la política que lo hace posible, rara vez recibe gratitud instantanea. Recibe, en el mejor de los casos, la ausencia de una enfermedad que nunca llegó a ocurrir.

En la educación pasa algo parecido. Cuando México impulsó la evaluación docente como parte de la reforma educativa, la medida generó un conflicto que todos recordamos: paros, movilizaciones, un país dividido. Medir el desempeño escolar no era popular, pero era necesario para diseñar política pública con evidencia real y no con intuiciones. El costo político fue inmediato y visible; el beneficio, distribuido entre millones de niños a lo largo de años, resultó casi invisible para quien lo pagó primero.

En el desarrollo económico regional, por su parte, ocurre lo mismo que en la cabina de un avión: las decisiones que sostienen el crecimiento de largo plazo casi nunca coinciden con las que producen aplausos de corto plazo. Invertir en infraestructura, en capital humano, en instituciones sólidas, exige postergar gratificaciones inmediatas a cambio de una promesa que otros disfrutarán antes de quien las ideo siquiera.

Quienes me leen semana tras semana saben que frecuentemente insisto en un principio de cabina: la decisión correcta no siempre es la decisión cómoda, y quien la toma debe estar dispuesto a cargar con el costo antes de ver el beneficio. En Querétaro lo vivimos también en pequeño, cada vez que se prioriza un proceso más lento pero transparente sobre uno más rápido pero opaco, o una obra de infraestructura que tardará años en rendir frutos visibles sobre una inauguración inmediata pero superficial. Eso es, en el fondo, liderazgo: la disposición a incomodarse, a que duela un poco hoy, a cambio de que otros lleguen mejor mañana. El vuelo que se desvía a tiempo no hace ruido en los titulares; simplemente, llega bien.

Jorge Gutiérrez de Velasco Rodríguez @Jorge_GVR

Director General del Aeropuerto Intercontinental de Querétaro

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