Hace algunas décadas, crear un medio de comunicación era una tarea complicada. Las barreras de entrada eran enormes; se requería un capital considerable para poner en marcha una empresa periodística. La maquinaria para imprimir periódicos, las rotativas, los insumos, los servicios y la nómina representaban costos que, para muchos, constituían obstáculos prácticamente infranqueables.
Algo similar ocurría con los medios electrónicos. Obtener concesiones de radio y televisión no era sencillo ni barato. El capital seguía siendo la principal barrera.
Internet transformó ese panorama, aunque no de inmediato. Hoy, periodistas, reporteros y prácticamente cualquier persona con conocimientos informáticos básicos pueden crear un sitio web y abrir sus respectivas plataformas en redes sociales.
Los costos también disminuyeron. Registrar un dominio y contratar alojamiento web puede resultar accesible, especialmente para proyectos pequeños.
Inicialmente, los medios tradicionales encabezaron la incursión digital. Después surgieron iniciativas independientes de todo tipo: con rigor y sin él, con creatividad o sin ella, con ética periodística o completamente ajenas a sus principios.
Esta facilidad también propició la aparición de páginas que aparentan ser medios periodísticos, pero responden a intereses distintos del derecho ciudadano a estar informado.
En algunos casos, basta revisar sistemáticamente sus publicaciones para identificar patrones de respaldo a determinados personajes o grupos políticos. Su contenido no busca necesariamente informar, sino favorecer intereses particulares.
En plataformas como Facebook es posible consultar información sobre anuncios pagados por dichos medios “patito” y detectar campañas que destinan recursos considerables a promover contenidos de estas páginas.
Se caracterizan por carecer de responsables editoriales, mecanismos para atender solicitudes de réplica o procedimientos para el ejercicio de los derechos ARCO.
Las consecuencias van más allá de la circulación de información sesgada. Gneran confusión entre la ciudadanía y erosiona la confianza en el periodismo.
Combatir esta hiedra no debe convertirse en una tarea de censura gubernamental. La respuesta debe surgir del propio periodismo. Hay que identificar prácticas engañosas, contrastar contenidos y defender estándares profesionales.
Permitir que la propaganda se disfrace de periodismo perjudica a los medios auténticos y debilita la capacidad ciudadana de tomar decisiones informadas, uno de los pilares democráticos.
Consultor, académico y periodista























