El mes de abril suelo disfrutarlo mucho, por la ventana, sin el peligro de los mosquitos de junio, suelo abrir de par en par los ventanales de mi consultorio, entra un agradable clima frío colado entre las ramas del manzano que me regala mucha sombra, compré una gardenia hermosa, madura, con todos sus retoños floreciendo, la habitación huele a un perfume delicioso que no olvidaré jamás.
Te recuerdo entrando con tu vestido rojo carmesí, tu cabello negro y hasta media espalda, libre y fragante, olías a gardenias frescas , tus ojos eran de un café clarísimos casi color oliva. Nos presentamos y me das la mano, tu saludo es firme, tu caminar seguro y te sientas en el sillón. Admiras la litografía de Frida Kahlo, suspiras y me dices que la columna rota está como tú: rota…
No sé por dónde comenzar. —Sollozas quedamente, trato de respirar pausadamente, sin apartar mi vista y dejo que continúes.— Supongo que no quiero aceptar el hecho de que no deseo vivir. —Haces una pausa y me miras esperando que yo diga algo.
Te sientas a mi lado, me tomas delicadamente y entonces puedo verlo todo claramente.
Habías nacido en un matrimonio joven, tus padres tenían grandes necesidades afectivas, inmaduros y egoístas, como cualquier adolescente, fuiste criada sin suficientes cuidados. Vasos y platos rotos formaban parte del mosaico de tu niñez.
A tus 10 años tuviste tu primer encuentro con la culpa, la luz de esa mañana brillaba más alto que nunca, habías subido por los tabiques rojos de la pared de la abuela hasta la azotea. Ahí en la azotea, te acompañaba Choto y lo paraste a un ladito de ti, dieron algunos pasos atrás y le pediste a tu pequeña mascota que volaran juntos, como volaban las hadas de tus viejos cuentos que te trajo tu tía Alejandra de Estados Unidos. Así que retrocediste más metros y corriste hacia la orilla de la azotea, un impulso primitivo hizo que te detuvieras y paraste en seco al llegar a la orilla, aún sentías el susto en tus entrañas, pero no pudiste hacer nada por el pequeño perrillo que se fue al lado tuyo y no frenó, sólo, te siguió cayendo al vacío.
¿Uno no puede desear algo que nunca ha tenido, cierto? —me dijiste en una de tus sesiones, con una expresión altanera y fría.
Yo deseaba en alguna de ellas poder crearte un barredor de tristezas, como ese que canta Silvio Rodríguez, poder regalártelo para borrar aquellas historias que yo escuchaba pasmada, controlando por dentro, no podía evitar contigo la temible transferencia.
Recuerdo que al hacer los resúmenes cada semana, en cada sesión que tuve a tu lado, te vi crecer poco a poco, pasaron algunos inviernos y cumpleaños, en ellos, compartíamos un trozo de pastel.
Hasta que un día transformada, con grandes alas regresaste a despedirte de mí, ya no había pesadillas ni ansiedad, vivías sola disfrutando tu nuevo camino, me diste un abrazo y lloramos juntas de felicidad. Te vi cruzar la puerta con una identidad distinta. Tu perfume de gardenias aún me visita algunas tardes de abril…
























