Hay episodios que, por sí mismos, no prueban una culpabilidad; pero sí revelan el tamaño de un problema político. La revocación de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán —Andy— pertenece a esa categoría. Estados Unidos no ha hecho pública la razón de la medida y una visa cancelada no equivale a una acusación penal ni a una sentencia. Pero el silencio de Washington y la relevancia política del personaje abren una interrogante que Morena no puede despachar con consignas.

Andy no es un ciudadano cualquiera. Es hijo del expresidente, operador de confianza del obradorismo y una figura influyente dentro del partido que gobierna México. Durante años, Morena ha defendido una narrativa de austeridad, honestidad y superioridad moral. Por eso el costo político no está únicamente en la visa: está en la contradicción que el episodio exhibe.

La respuesta de López Beltrán fue acusar a funcionarios estadounidenses de operar una decisión política y propagandística. Tiene derecho a defenderse y a exigir claridad. Pero quien ha ocupado posiciones de influencia no puede pedir que la opinión pública suspenda sus preguntas. En democracia, la cercanía con el poder obliga a una exigencia mayor de transparencia, no a una protección excepcional. Él mismo sostuvo que no existe evidencia en su contra por actos inmorales o delictivos; esa afirmación debe tomarse con seriedad, del mismo modo que debe exigirse una explicación institucional sobre un asunto que ya trascendió lo personal.

Porque Andy ha sido, desde hace tiempo, el personaje incómodo de la 4T. No necesariamente por una responsabilidad comprobada en cada señalamiento que lo rodea, sino porque su figura concentra la tensión más delicada del movimiento: la distancia entre el discurso contra los privilegios y la influencia que puede adquirir un círculo familiar alrededor del poder. Cuando se gobierna invocando al pueblo como fuente de legitimidad, cualquier sospecha de opacidad en los márgenes del poder pesa el doble.

Sin Visa y sin vergüenza sería usar este episodio para fabricar culpables sin pruebas. Pero también sería sin vergüenza intentar convertir toda crítica en complot, toda pregunta en traición y toda exigencia de transparencia en una maniobra de adversarios. Morena no puede sostener que representa una nueva ética pública si responde a las dudas con indignación automática en lugar de información verificable.

La cancelación de la visa afecta a Andy, pero golpea al corazón político del obradorismo porque reactiva una pregunta que nadie puede ignorar: ¿existen en la 4T figuras intocables por su apellido, su cercanía o su utilidad interna? La respuesta no puede ser un eslogan. Debe ser una conducta.

México necesita menos blindajes emocionales y más rendición de cuentas. La confianza no se hereda, no se decreta y tampoco se defiende con cartas. Se construye con claridad. Y, en este caso, la claridad sigue pendiente.

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