En un país donde el salario mínimo compite en una carrera de caracoles contra el precio de los combustibles, la Presidenta Claudia Sheinbaum decidió regalarnos una joya social: “La premium es para quien quiera pagar más; la magna es suficiente.”
Así, con la naturalidad de quien recomienda cambiar de marca de café porque la de etiqueta dorada es solo para paladares exigentes, nos invita a hacer de la frugalidad un estilo de vida. Y en ese escenario aparece nuestro protagonista: don Martín, padre de familia y experto en malabares económicos, quien cada día enfrenta la elección entre lo barato o simplemente no gastar, una tragicomedia sobre gastar poco y la abstinencia bajo el consejo político.
Don Martín empieza la jornada con el ritual de revisar el saldo de su tarjeta. Sabe que si hoy compra gasolina premium, mañana tendrá que hacer magia para que el lonche de sus hijos sea algo más que tortillas con sal. “La premium es para quien puede”, piensa mientras observa la fila en la gasolinera, donde hasta el auto más modesto parece mirar con desprecio a su propio tanque. Decide, como buen ciudadano, llenar con magna y agradecer que el motor aún ronca. A fin de cuentas, si Claudia lo dice, por algo será.
La decisión no se limita al combustible. En el supermercado, don Martín analiza la carne de res como si fueran piezas de museo. Opta por retazos de pollo, que, aunque no tiene el glamour de la aguja para asar, sigue siendo proteína. El detergente, claro, es el genérico con olor a “limpieza tentativa”. Y las vacaciones, bueno, son más bien un paseo al parque, porque “viajar es para quien quiere pagar más”, dirían en Palacio Nacional, adaptando su filosofía a la vida cotidiana y la austeridad franciscana que profesan.
Pero don Martín no está solo. Miles de mexicanos se han convertido en expertos en abstinencia selectiva: no comprar la ropa de marca, no salir a cenar, no pedir premium. El arte de decir “no necesito eso” se ha perfeccionado tanto que pronto será materia en las universidades públicas. Claro, siempre bajo la premisa de que gastar de más es un capricho, no una necesidad.
Al final del día, don Martín reflexiona frente al televisor, viendo las noticias donde se repiten las mismas declaraciones. “La premium es para quien quiera pagar más”, escucha de nuevo, mientras calcula si le alcanzará el dinero para pagar la luz del mes. Y así, entre ironías y realidades, la vida familiar mexicana se adapta a la premisa política: elegir lo barato o, mejor aún, aprender a vivir sin. ¿Quién necesita premium cuando la imaginación es gratis y el ingenio es nacional?
Lo bueno es que las recomendaciones presidenciales tarde o temprano llegarán al electorado, con la decisión de tener un gobierno barato o mejor no tenerlo.
























