Museos: espacios mágicos donde el tiempo se detiene. Para llegar a ellos, miles de personas compran boletos para recorrer los caminos en autobús o sobre las vías de un tren, navegar por los mares o volar sobre los continentes, llegar a estaciones ruidosas y sortear múltiples obstáculos hasta ser parte de una larga fila, boleto en mano, y entrar a una sala de arte. Ver un cuadro con detenimiento, detener el tiempo para grabar en la mente sus pinceladas, composición, paleta, narrativa y fuerza. Sentir que el espíritu se conecta, de un modo misterioso, con la mente del creador, muerto hace siglos. Lograr esa conexión humana que teje un tapiz con hilos de tiempo. Ese placer es tan grande, llega tan hondo, que hay quien sufre un desmayo, una conmoción. Este aluvión de emociones tiene nombre: síndrome de Stendhal o de Florencia, un trastorno psicosomático producido por la exposición a una sobredosis de belleza y arte.
Un museo de arte tiene la función de hacer acopio de obras de valor cada vez más alto, reconocidas por expertos, buscadas por el público y convertidas con el tiempo en símbolos de una cultura. Tienen un servicio público de educación y representan los valores de un pueblo.
Una vieja canción declara: “Dejé mi corazón en San Francisco”. Yo dejé el mío en el Museo de Arte de Querétaro, donde lo encuentro cada vez que recorro sus pasillos de piedra, toco sus columnas y recibo una cascada de recuerdos que me inunda y desborda.
Según la Real Academia Española, coleccionismo es la “práctica de coleccionar” y a la vez la “técnica para ordenar adecuadamente una colección”, que es “un conjunto ordenado de cosas por lo común de una sola clase y reunidas por su especial interés o valor”.
El Museo de Arte de Querétaro abrió sus puertas en 1988 con una colección de obras creadas en tiempos del Virreinato de la Nueva España, por artistas nacidos en esta tierra o venidos de ultramar. Algunas piezas fueron creadas en diferentes partes de Europa y trasladadas en barco a través del Atlántico.
Hace un mes, se abrió al público la sala de arte novohispano del museo, creada con la curaduría de Ramón Avendaño, bajo la dirección de Antonio Arelle, director del MAQRO, y el apoyo del arquitecto Johan García. Destacan dos medallones pintados por Miguel Cabrera, obras de los hermanos Nicolás y Juan Rodríguez Juárez y de su padre, Antonio Rodríguez, un imponente Luca Giordano cuya autenticación me tocó gestionar. La sala contó con el patrocinio de DRT, Toyota y los Amigos del Museo. La vida es buena.
























