Mil veces escuché, durante mi niñez, que los hombres no lloran; este axioma no se cuestionaba nunca. Los verdaderos hombres debían ser duros, inflexibles y perfectos: su descripción de género incluía no cometer errores, no sentir culpa, no dejarse invadir por el dolor ni mucho menos llorar de felicidad. Sentir que los ojos se llenan de lágrimas, dejarlas fluir por las mejillas, sollozar con secreciones nasales y enrojecimiento de la piel y los ojos, todo eso era propio de mujeres. Por tanto, eran signos de debilidad física y bajo nivel intelectual. El llanto se asociaba con los berrinches, las reacciones sin sentido y la falta de control.

Quisiera pensar que las cosas han cambiado y que los padres de menores admiten que lloren, tanto niños como niñas, sin imponer conductas atávicas que tanto daño nos han causado. Enseñar a los hijos a reaccionar ante la adversidad, a ser resilientes aunque firmes, con la madurez acorde a su edad, es la tarea más compleja.

Las lágrimas son un privilegio. De todas las especies del reino animal, solo los homo sapiens podemos llorar sin que el llanto sea producto de un dolor físico o una irritación de las estructuras oculares. Hay una red neural biológica que conecta las zonas del cerebro asociadas con las emociones y las glándulas lagrimales. Podemos hacer uso del llanto para desahogarnos cuando sufrimos una pérdida, nos sentimos solos o, por fortuna, cuando la felicidad nos desborda.

Hay varios tipos de lágrimas. Las relacionadas con las emociones contienen en mayor cantidad las hormonas prolactina, adrenocorticotropa y leucoencefalina, así como potasio y manganeso, que las lágrimas producidas por un golpe físico, como una caída.

El filósofo William James, hermano del escritor Henry James, fue catedrático de Harvard y fundador de la psicología funcional. Hace un siglo, este sabio enarboló la bandera del pragmatismo. Explicaba que el llanto es una reacción fisiológica que nos permite hacernos conscientes, cognitivamente, de emociones como el miedo, la tristeza, la felicidad o la ira. Su propia vida era un libro de estudios para James, quien sufrió una depresión en su juventud de la que salió, según sus palabras, “obligándome a vivir”. De sus experiencias concluye que lo verdadero es lo útil, entendiendo la utilidad como algo benéfico.

Todo esto parece fácil cuando lo leemos. En la realidad, cuando vemos a una persona a la orilla del llanto, lo que deseamos es aliviar su reacción para que deje de llorar a la brevedad posible. Es una reacción instintiva, tiene que ver con el deseo de consolar al que sufre, pero también es un freno para el que consuela. Teme desencadenar su propio llanto y con ello verse vulnerable ante otros.

Los niños lloran cuando ven a otro  llorar aunque no tengan idea de las razones del llanto. En ellos no son frecuentes las lágrimas de felicidad. No las necesitan. Para eso tienen la risa, el baile, el canto y los movimientos libres del cuerpo que expresan su sentir.

Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVII, escribió un soneto llamado “En que satisface un recelo con la retórica del llanto”, de mis poemas predilectos. Una pareja tiene un conflicto. Ella se da cuenta de que él no cree en sus palabras. Amor, es decir Cupido, interviene de una manera metafórica: “Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba / como en tu rostro y tus acciones vía / que con palabras no te persuadía / que el corazón me vieses deseaba / Y Amor, que mis intentos ayudaba, venció lo que imposible parecía / pues entre el llanto, que el dolor vertía / el corazón deshecho destilaba”.

Es fácil imaginar a una monja llorando, sobre todo una monja de hace tres siglos, cuando su vocación obedecía al deseo de seguir el ejemplo de Cristo en su Pasión. En el caso de la poetisa, quizá le bastaba con pensar en el sufrimiento de Dios Hijo para soltar el llanto.

Los grandes actores pueden llorar a voluntad. Hacen uso de su memoria emocional y lloran frente a las cámaras o siguiendo el libreto del dramaturgo. Eso les permite vivir experiencias simbólicas. Mario Benedetti, el poeta uruguayo, lo describe así: “Llorar es un escándalo del alma / que de esa forma dice lo que anhela / puede ser más coraje y menos calma. / Cada sollozo tiene sus matices / y aunque sufra el amor y aunque nos duela / con el llanto uno riega sus raíces”.

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