Escribo con emociones a flor de piel: nostalgia, indignación y deseo de trasmitirla, o de provocar por lo menos una inquietud.

En diciembre de 2016, el Senado de la República adquirió el recinto que alberga al Teatro de la República, con un pequeño museo de sitio. El costo de la venta fue de $100 millones de pesos, que el Gobierno de México, a través de esta cámara, entregó a la Fundación Vergara, su propietaria a lo largo de casi dos siglos.

Este organismo opera con los dividendos de la fortuna que Josefa Vergara y Hernández dejó mediante su testamento para la creación, fortalecimiento y desarrollo de una institución que ofrece casa, comida y educación a cientos de niños y jóvenes.

La institución empleó los recursos para construir La Ciudad de los Niños Josefa Vergara, al poniente de Santiago de Querétaro. Esta es una historia de éxito, escrita por cientos de personas que han dedicado sus afanes a la gestión de un proyecto filantrópico. Muy encomiable, muy bello.

En 2016, Pablo Escudero, quien en ese momento presidía la Mesa Directiva de la Cámara Alta, declaró a los medios: “Decidimos que era muy importante para el Estado mexicano recuperara ese inmueble; acudí con los vicepresidentes y los integrantes de la mesa, para comprar este inmueble histórico, para volverlo a poner al servicio de México, como el museo de la Constitución”.

Gracias a otra inversión, de $30 millones, el teatro vivió una restauración y estuvo listo para la celebración del centenario de la promulgación de la Constitución, el 5 de febrero de 2017.

Desde entonces, con tristeza le digo, este edificio que fue escenario del juicio al Emperador Maximiliano I de México, que durante un siglo recibió a grandes orquestas y a cantantes como la soprano Ángela Peralta, que acogió al Congreso Constituyente de 1916-1917 bajo la presidencia de Venustiano Carranza, este lugar entrañable en el que se realizaron cientos de conciertos y obras de teatro en el siglo XX, que fue sede de nuestra Orquesta Filarmónica hasta hace poco, está cerrado.

Querétaro recibe a miles de familias que vienen a visitar los lugares históricos. Cada día, los guías se tienen que limitar a decir, a las puertas del teatro, que adentro hay vestíbulo, palcos, escenario, butacas, camerinos, un museo de sitio... pero nadie puede pasar. No hay manera. La desilusión afecta a quienes viajaron cientos de kilómetros hasta llegar al recinto.

Debería indignarnos el cierre de sitios donde han ocurrido acontecimientos fundamentales para entender la historia contemporánea. El edificio nos pertenece a todos los mexicanos. Como ciudad Patrimonio de la Humanidad inscrita en la lista de UNESCO, es del mundo entero.

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