Toda gran urbe es un imán para la belleza de sus singularidades y se perfila como gran escenario de lo fantástico, y es Querétaro capital el paraje donde, entre fogueados algodoneros, payasos de la calle, indomables trovadores, artistas del monociclo y parcas de inframundo, que las baldosas el Centro Histórico lanzan chispas del folclor, propio de nuestra identidad como raza.
Todos en sintonía, los andadores del corazón urbano se convierten en fruto de las miradas escépticas, donde personajes únicos tienden sus mejores galas, talentos y particularidades para hacer estallar la sonrisa del queretano, que se nutre de mágicos entornos con cada huella a través de los adoquines.
La queretaneidad se arropa de uno de los sonidos urbanos más conocidos y que adorna el paisaje urbano, el del organillero, que gracias a nuestra cultura ha persistido en las calles del primer cuadro de la ciudad como una fuente inconfundible de heritaje metropolitano, ya sea en las auras del semáforo o los callejones de la comarca.
Y es que en medio de la bagatela cultural que oferta este municipio del Bajío, el baile callejero también viene a consolidarse como uno de los grandes predilectos de foráneos y nativos, estos últimos, ya a la usanza de merolicos, hechiceros, xilofonistas y estatuas vivientes.
Así es Querétaro, exitoso experimento de arquitectura y modernización: un espectáculo viviente.
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