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#Cuento| Pájaros negros III

Doña Ponciana de la Orta fue asesinada y su cuerpo fue encontrado en una zanja en uno de sus potreros con un letrero que decía “Nunca digas nunca”
#Cuento| Pájaros negros
Foto: Cortesía. Autor. Anónimo
26/01/2020
10:17
AYARI VELÁZQUEZ
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Tercera parte

Pasaron los años y para sorpresa de muchos, ya cuarentona, mi patrona dio a luz. No sabemos, hasta la fecha, quién fue el padre, no le conocimos marido después del charro. Doña Ponciana se dedicó a seguir en sus menesteres, pero ya se negaba a trabajarles a las gentes de la comunidad, seguía empleándolos pues su patrimonio fue haciéndose más grande, pero todo lo que tenía que ver con aquella oscuridad, solo lo hacía para foráneos. Su fama llegaba hasta otros países según escuché y así como llegaba a otros lares, las personas que la requerían eran peores de lo que ella habría sido siempre.

Alguna vez se rehusó a hacer una encomienda. Un montón de camionetas lujosas llegaron cuando ella estaba en el último mes de embarazo. No sé qué fue lo que le pidieron, pero se negó. Y sé que no fue por miedo, pero una mujer a punto de parir, es mansita, hasta ella, a pesar de todos sus crímenes.

Nació la criatura, otra niña. Esta fue Abundia y entonces llegamos al principio de la historia. Como les dije, mi patrona me la regaló por así decirlo, realmente no tenía mucho para dónde hacerme. No podía dejar a la criatura desamparada, al final del día, yo era lo único seguro que tenía en su vida. Doña Ponciana de la Orta sabía que aquellos hombres le cobrarían caro haberse negado a sus mañas, sabía que la iban a matar. Ahora con más años y con todo lo que pude ver, pues sé que así actúan esas gentes. Se cobran con tu vida cualquier desplante.

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La criatura que creó Ziruela creció poco a poco en el laboratorio en el que ella laboraba
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Doña Ponciana de la Orta fue asesinada y su cuerpo fue encontrado en una zanja en uno de sus potreros con un letrero que decía “Nunca digas nunca”. Le velamos de manera tradicional y discreta. Quedamos curados de espanto.

Tardamos mucho en recuperar la paz que teníamos antes de que doña Ponciana decidiera llenar la comunidad con letreros pintados a manos del bibliotecario, un chamaco abuzado pero perverso, que aceptó escribir los letreros con tal de que ella le hiciera el milagro de curar a su hermano, quien, a diferencia de él, era un muchacho bueno, recto, amable y sin maldad. Y que no estaba enfermo, pero de allá de donde somos, los hombres que se enamoran de los hombres, resultan ser tratados peor que criminales. Esa era la enfermedad que el tarugo quería curarle a su hermano, estar enamorado de quien no se puede. Pero el amor no se cura, el amor se queda para siempre.

Aquellos letreros fue lo primero que quitamos y enterramos: “Capilla de la Santísima Muerte a 2km, a 1 km, a 500 mts, a 250 mts…” Y cuando alguno llegaba a preguntar por doña Ponciana de la Orta, hacíamos oídos sordos: Aquí nunca ha vivido alguien con ese nombre, ¡Cómo se atreven a ofender nuestra comunidad con semejantes injurias!, esta es una comunidad decente y de valores arraigados, somos gente trabajadora.

Abundia, como les contaba al principio, tuvo una infancia buena, ya cuando tuve mis propias criaturas, ella me ayudó a cuidarlas y las quería como su hermana mayor. Eso sí, para el estudio no salió buena. Supe dos cosas: que era inútil mandarla a clases, con que supiera leer y escribir, era suficiente y que buscaría marido pronto, porque aquí de donde somos o estudias o te casas y Abundia era como una mujer cortita, estaba lista para el hogar. Aun así, no me esperaba que El Mal fuera a posarse en su vientre y que desde el primer periodo, su naturaleza tranquila se transformara en salvaje y primitiva.

Me rompía el corazón, porque nos queríamos mucho, ella me decía mamita y yo le cantaba en las noches, le curaba las fiebres, le hacía sus vestidos, le trenzaba el cabello. Pero El Mal también me enseñó a quererla por las malas, a curar sus heridas después de días desenfrenados, a enmendar la ropa que insistía en romper, en bañarla mientras ella lloraba y me confesaba no saber lo que había hecho los días en que se perdía.

Mi comadre Rosa, que nunca se manchó el nombre con trabajar para doña Ponciana, quería a mi muchachita con profunda devoción, sabía lo mucho que sufría mi criatura, pero sobretodo sabía la carga que llevaba a cuestas y se compadecía de ella, pero no por lástima, sino porque uno como mujer sabe cómo sufrimos.

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He volteado hacia atrás y he llorado después, he bailado sin ritmo, caminado sin destino alguno. Y ahora, ya que todo habría terminado, estaba lista para comenzar de nuevo
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En las madrugadas salíamos a buscarla, ya cuando sentíamos la certeza de encontrarla, y con ella distintos fulanos huían de la furia de mi comadre Rosa y la mía.

—¡Malditos cerdos! La niña está enferma y no sabe lo que hace. Algo tiene que no puede colmar las ganas, solo piensa en eso y nada más. Ya ni con tus hijas puede convivir y más de una de las mujeres de aquí, me ha reclamado por las miradas que Abundia les lanza a sus maridos, mientras que las chamacas de su edad, la miran de lejos y se persignan, pero mi niña no es mala, tú lo sabes.

—Comadrita no se congoje, Diosito nos la va a curar, pero ya tenemos que ponernos abusadas para el siguiente mes. No quisiera pero, hay que encerrarla, en una de esas, la embarazan y entonces sí que vamos a hacer.

Conversábamos una tarde tomando café, ya que El Mal había pasado y Abundia estaba jugando debajo del naranjo con los hermanos.

—¡Hay pájaros negros en el patio! —nos gritó Abundia desde donde estaba, al acercarnos, vimos que había desenterrado ocho tordos engusanados.

—Comadre esto no es bueno.

—¿Los mataste mijita? —le pregunté

—No mamita, yo estaba haciendo un pocito con los niños y entre más pocitos hacíamos, más pájaros encontré.

Al mirarlos bien, notamos que todos tenían amarrado un hilo rojo en la pata izquierda. Mi comadre aconsejó que mandáramos por el Pastor, quien llegó acompañado de doña Cleme para que les diera una buena barrida tanto a la casa como a Abundia.

—A esa muchachita le aventaron algo —nos dijo doña Cleme cuando terminó de hacer la limpia y la rezadera—. No era para ella, pero lo agarró. No se le va a quitar, es algo fuerte que está ya atado a su alma. Tú que eres su madre, tienes que evitar que siga saliendo, porque cada lugar que toca, se seca. La última vez que tuvo uno de los ataques, la encontraron por el pozo que está por mi casa, ya no hay agua, se secó. Y los tordos que no tienen ni un día de muertos, ya están engusanados. La vendré a ver cada viernes, pero ustedes tienen que hacer algo para que no salga, si es necesario amarrarla, háganlo, por su bien y por el de todos, así como todo va muriendo a su paso, Abundia se vuelve más débil cada día y si sigue así, no va a durar mucho y apenas es una jovencita.

 

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