Cuando era niño, José se acostaba debajo del telar donde su padre trabajaba la lana. Y viéndolo es como él aprendió el oficio.
“Me daba una gran impresión verlo dibujar con los pies y con las manos, en el telar. Y dije: Cuando sea grande voy a hacer eso. Cuál. A los tres días ya lo estaba haciendo, era tanta mi necesidad por trabajar que me aferré al telar y hoy soy la cuarta generación de una familia dedicada al trabajo artesanal. Me enorgullece decir que soy artesano”.
José Vega Ibarra es originario de Colón y un reconocido maestro del telar. Se le conoce nacionalmente por ser el fundador de la Escuela del Telar, en donde ha formado a nuevas generaciones de artesanas, principalmente.
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Originalmente, el telar era un trabajo de hombres, pero ellos fueron dejando el oficio por las pocas ventas. En la actualidad, las mujeres son quienes mantienen viva la tradición, siguiendo las enseñanzas, pero también innovando con la lana y mezclando técnicas. “Van muy bien, creo que ya hasta me ganaron”, dice el mismo José.
En el 2002 la artesanía de lana estuvo a punto de desaparecer de Colón, fue entonces que promovieron una magna actividad para atraer las miradas y unir esfuerzos para mantenerla viva. Dicha actividad fue la elaboración de un tapete monumental hecho con lana.
“Era el año de 2002, en aquella ocasión había 10 artesanos. Ya muy pocos. La artesanía de lana estuvo así de poquito de desaparecer y se hicieron muchas cosas para que esto empezara a florecer. Yo empiezo a los 11 años de edad; cuando tenía 16 años había entre 45 a 50 talleres, hablemos de 50, es la cifra más exacta. Y cada taller tenía cuatro ayudantes. Entonces, eran 200 gentes las que se dedicaban a la artesanía de lana”, explica.
Las bajas ventas de sus cobijas y jorongos, sus principales piezas hechas en lana, fue uno de los factores que propició que los hombres dejaran el trabajo artesanal de la lana. Recorrían todo Querétaro y regresaban a casa sin vender. O peleando por ganar un cliente.
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“En 1980, la artesanía se estaba yendo hacia abajo, pero rapidísimo, todos fueron cerrando sus talleres y se fueron a trabajar a otro lado, porque ya no se vendía en las ferias. Fueron metiendo mantadas de 50 pesos o 100 cuando nuestras cobijas de lana ya valían 500 pesos, todo eso fue motivo para ir dejando las ganas por hacer las cosas y entonces, cuando vamos avanzando, en los 90, pues ya nomás eran como 20 artesanos. Y en el 2000 tan sólo 12 artesanos”.
Después del éxito del tapete monumental comenzó la Escuela del Telar de Colón. Aunque antes, José formó otra pequeña escuela.
“Yo empiezo a amar lo que hago y hoy sigo amando con pasión la artesanía de lana. La comparto, la defiendo. Y así es como platiqué con un señor que me dijo que en su rancho Santa María quemaban la lana ¿Por qué hacen eso? Me invitó a su rancho y en el 2008-2009 comenzamos a trabajar la lana allí, esa fue la primera escuela que formamos con las trabajadoras de ese rancho de El Marqués”.
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También fueron sólo mujeres las que llegaron a inscribirse a la Escuela del Telar, en Colón. El arranque de este proyecto comenzó en 2014. Llegaron 11 personas, mujeres en su mayoría y un hombre; y se graduaron 10 personas en 2016. Con el ingreso de las mujeres, destaca José, se nutrió el trabajo artesanal.
“Las mujeres le dieron otro rumbo, porque lo que veníamos haciendo por casi siglos que era el jorongo, la cobija y el chaleco, tres cosas nomás se hacían y cuando llegan las mujeres comienzan a hacer la bufanda, el gorro, el suéter, y empiezan a meterle detalles con gancho. Le dio un valor tremendo a la lana creando cosas que no se veían. Empiezan a innovar, a crear otros dibujos, y utilizando otros colores. Yo sólo estaba atento a lo que ellas iban pidiendo y requiriendo. Nunca les puse trabas”.
Con el paso del tiempo la escuela no sólo ha dado la bienvenida a mujeres de la misma región, también han recibido alumnos de universidades como la Anáhuac y la Universidad Autónoma de Querétaro. “Llegan a tomar clase y al rato ya estábamos dibujando juntos en el telar”. Además han tenido alumnos de sitios tan lejanos como Monterrey, que interesados en el telar y la lana, han viajado para formarse en Colón.
“El día de hoy van tres generaciones, ya son 28 mujeres las que se han formado. Y viven cinco artesanos viejos. Yo he ayudado para que la escuela tenga muy buena aceptación en todos lados, y creo que lo hemos logrado”.
Lo que sigue, explica José Vega Ibarra, es seguir incentivando el trabajo y valor por la artesanía de lana.