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#FelizAniversario | El 13 de septiembre

Ayari Velázquez escribe sobre el aniversario de una pareja
#FelizAniversario | El 13 de septiembre
Foto: Cortesía Frida Castelli
15/09/2019
06:08
Ayari Velázquez
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Siempre creí que había algo malo conmigo, entonces me dediqué a correr, a huir porque uno llega a cansarse de escuchar todo lo que no puedes ser. Huía de las circunstancias, de mí misma, de todos y me quedé en los besos de papel. La idea de que alguien me amara, era impensable. Hasta que te conocí.

Eres mi hogar, mi corazón, el aliento y la inspiración. Eres mis letras y la razón.

¿Cómo es que te amo? Déjame contar todos los modos, te amo en lo profundo, lo alto, lo ancho que puede alcanzar mi alma, te amo en silencio, en gritos, en gemidos, en vida, en dolor, en muerte. Te amo de día y a la luz de las velas. Te amo libremente, como los hombres anhelan sus deseos.

Te amo con pureza, con devoción.

Quise buscar entre los manuscritos la frase inicial para comenzar esta carta y aunque son bellos los caminos recorridos, solo he de citar algunos porque lo que quiero decir, lo que mi corazón siente, no parece existir narrativa o poesía precisa para describirla. Tal parece que escribirte, es un estilo jamás antes descrito. Escribirte es arte. Tú eres arte.

A tu lado le he dado un sentido diferente a todo lo que solía conocer

Aprendí a rezar, a buscar la luz que existe en la oscuridad, a escuchar y a pedir, a orar de una manera en la que uno no se antepone, aprendí a pedir, a orar para guiar mi amor. Porque caminamos por lugares extraños y tenemos miedo pero cuando sentimos que hay algo más grande que nosotros, entonces ya no estamos solos. Aprendí el significado de la fe y se siente bien.

Aprendí el color de los mares, de los ríos, del agua. El turquesa cristalino y electrizante del mar Caribe, la claridad perfecta, la transparencia que no te impide ver que hay en el fondo, la transparencia que no distorsiona la realidad. El color del agua turbia que fluye en el río que atraviesa la montaña, la sensación del agua helada que emana de la misma montaña. El sabor del agua fresca durante el día, el sabor de tu sudor. Eres agua y el agua es vida.

¿Recuerdas aquella cascada? Tenía la temperatura ideal para seres a quienes no nos es tan sencillo termo regular porque no somos buenos mamíferos. Estábamos tu y yo, abrazados por el agua que corría a nuestro alrededor, húmedos, felices. ¡Qué razón tienes cuando dices que somos afortunados en tener el privilegio de admirar lo que nos rodea! No siempre se tiene la surte de contemplar los paisajes que hemos atravesado juntos. Como aquel beso que nos dimos en medio de la tormenta en Chiapas, al pié del Gran Cañón, en Acapulco que es testigo fiel de nuestro amor, de nuestra verdad; aquellos besos que envolvimos sobre la arena blanca tierna y suave como la leche, sobre la arena canela tibia y dulce, sobre la arena granulada que hiere y que exfolia, arena arcillosa que sepulta.

Aprendí los colores de la voz, no solo el canto de las aves y del agua misma. Sino el color de tu voz, de la mía. De la nuestra cuando cantamos juntos mientras viajamos y entonces la carretera se vuelve arcoíris. El color de los sonidos mientras duermes, azul; el color de tu risa, verde.

A tu lado, mis proporciones son perfectas; a tu lado descubrí que el color de mi cabello es precioso, que mi piel es lozana, suave y bella, que mis pies son bonitos, que mi color favorito es el rojo y que en mis uñas se ve especial, que desnuda o con el más hermoso de los vestidos soy yo, y soy preciosa.

Pero hablemos de tus ojos, a veces verdes, a veces míos. Corrijo, tus ojos a veces verdes y siempre míos. Tu mirada es mi hogar, el techo que cobija mis sueños y mis ideales. Que no se acabe tu mirada, que no deje de reflejarse en mis pupilas, y pido porque seamos eternos, que nuestra historia continúe con los años, porque nuestro amor es de acero. Nuestro amor no flaquea, no disminuye.

Tu olor despierta el ansia en mis manos, tu olor se ha transformado en el olor de mi intimidad, tu olor que trasmina en las sábanas, en la madera, en las toallas, en los sillones, tu olor mi aroma favorito.

Tengo una visión desde hace algunos años: me contemplo corriendo por Teotihuacán, descalza mientras algo arde. Mi conclusión es que la sangre que calienta mis venas, es la misma sangre que corre por tus venas de príncipe purépecha. Mi madre y tú me mostraron lo que la raza significa. Gracias, porque mis letras se inspiran precisamente en la raíz, en nuestro origen.

Alguna vez dejé escrito en el refrigerador:

>>DOS POEMAS INGLESES

I

La inútil alba me encuentra en una esquina desierta; he sobrevivido a la noche.

Las noches son olas orgullosas: olas azul oscuro, cargadas con todos los tintes de profundos despojos, cargadas de cosas improbables y deseables.

Las noches tienen el hábito de misteriosos regalos y rechazos, de cosas reveladas a medias, a medias retenidas, de alegrías con un oscuro hemisferio. Las noches actúan de ese modo, yo te lo digo.

El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados jirones, los cabos sueltos: algunos amigos odiados con quien platicar, música para los sueños, y el fumar de amargas cenizas. Cosas que no sirven a mi corazón hambriento.

La gran ola te trajo.

Palabras, algunas palabras, tu sonrisa; y tú, tan indolente e incesantemente hermosa. Hablamos, pero tú has olvidado las palabras.

El alba en esquirlas me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.

Tu perfil desaparece, los sonidos que forman tu nombre, el ritmo de tu risa: ellos son ilustres juguetes que tú me has dejado.

Los volteo en el alba, los pierdo, los encuentro. Se los nombro a los pocos perros vagabundos y a las pocas estrellas vagabundas del amanecer.

Tu oscura vida millonaria…

Debo llegar a ti de algún modo: dejo esos juguetes ilustres que me dejaste, quiero tu mirada oculta, tu sonrisa verdadera —esa sonrisa solitaria y burlona que tu frío espejo conoce.

II

¿Qué puedo ofrecerte?

Te ofrezco calles estrechas, ocasos desesperados, la luna de derruidos suburbios.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha visto largamente hacia la luna solitaria.

Te ofrezco mis ancestros, mis difuntos, los fantasmas que los vivos han honrado en mármol: el padre de mi padre muerto en la frontera de Buenos Aires, dos balas entre sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en una piel de vaca; el abuelo de mi madre —solo veinticuatro años—, liderando una carga de trescientos hombres en Perú, ahora fantasmas sobre caballos que se desvanecen.

Te ofrezco toda la revelación que mis libros puedan tener, toda la hombría y el humor de mi vida.

Te ofrezco la lealtad que puede dar una mujer.

Te ofrezco el germen de mí mismo, que he guardado de alguna manera —el corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños y no ha sido tocado por el tiempo, por la alegría, por las adversidades.

Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla vista en el ocaso, años antes de que tú nacieras.

Te ofrezco explicaciones sobre ti, teorías sobre ti, auténticas y sorprendentes noticias sobre ti.

Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota. >>

De Borges.

Hoy, 13 de septiembre, ningún autor puede describir el amor que siento por ti.

Feliz aniversario.

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