El Olimpo del futbol

En esta ocasión, la escritora Ayari Velázquez comparte con los lectores algunas memorias de su padre y su acercamiento con el balompié

El Olimpo del futbol
Foto: Cortesía
Vida Q 28/02/2021 05:36 Ayari Velázquez Actualizada 13:24

“Papi, ¿por qué te gusta el futbol?”

Mi papá trabajó durante los 90 en la Federación Mexicana de Futbol, mi clóset estaba lleno de trajecitos de Jorge Campos. De los jugadores de la Selección, él era mi favorito, pero no porque yo entendiera mucho de futbol a los 6 años, sino porque me gustaban los colores del uniforme. Mi padre creía que realmente el señor Campos era una inspiración deportiva para mí y me alentaba a jugar. Alguna vez nos encontramos en las instalaciones de la Federación, me acarició la cabeza y saludó a mi papá con familiaridad: “¡Qué bonita la princesa!”, le dijo. Hace un par de años, mi novio y yo lo encontramos en un restaurante, me tomé una foto con él en memoria de la niña que había intentado ser como Jorge Campos para estar más cerca de su papá.

Ir a la Federación pudo ser el sueño de cualquiera de mis lectores amantes del futbol, podíamos no sólo ver entrenar a la Selección, sino también jugar en sus campos. Para mí solo tenía sentido porque estaba con mi papá, mi papá vestido de traje y zapatos impecables, reloj y portafolio, mi papá con un gafete que decía “Gerente de sistemas FMF, ingeniero Federico Velázquez”. Me gustaba presumir que mi papá trabajaba con El matador, Palencia, Zague, Luis García… ¿A qué niño no le gusta presumir a su héroe?

Pasó el tiempo y algo vio mi papá dentro del trabajo de ensueño que rompió su corazón y el futbol se apagó. No sólo ya no estaba en la FMF, dejó de jugar también.

Hasta el año pasado ocurrió lo que pensamos que no pasaría jamás: recordó por qué amaba este deporte, sin hablar de clubes, de federaciones, de números, de colores, quitando todo eso y dejando al futbol como lo que es: unidad desinteresada, hermandad. Esto fue posible porque encontró a sus amigos del equipo Olimpo por redes sociales. Olimpo es el nombre del primer equipo en el que mi papá jugó, Olimpo es el nombre de un equipo que a pesar del tiempo y la distancia pudo reparar lo que nadie ni nada durante 40 años, pudo hacer: sanar las heridas que alguna vez el mismo deporte le provocó a mi papá.

Recuerdo una final contra el San Pancho en los campos Toluca, era época de lluvias y la cancha estaba inundada. Mi defensa no tenía tenis, sólo unas chanclas de plástico. Yo era el portero y le di mis tenis. ¿Por qué? Pues, ¿por qué no? Es camaradería, das todo por tu equipo, y él los necesitaba más que yo. Había compañeros que vivían en colonias alejadas y marginadas de la ciudad, muchos tardaban más de una hora en llegar a los partidos. El señor Óscar los esperaba en un punto medio y llenaba su Volkswagen de jugadores. Con mi primer coche, una Caribe 80, hice lo mismo. El futbol no entiende de clases sociales>>

El futbol tiene algo que no es capaz de hacer ninguna doctrina, ya sea científica, espiritual o política: en el futbol todos son iguales. En la cancha el noble y el villano se encuentran y se hermanan. ¿Por qué? Porque solo el futbol es capaz de igualar al hombre con otros. Existe un lenguaje entre los jugadores que sólo su cuerpo y sus miradas son capaces de interpretar.

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El futbol, al ser un deporte de contacto, tiene la característica de sacar lo más primitivo o lo más sublime del ser humano: puedes fundirte en un abrazo fraterno o puedes romperte la cara con el contrario. Cuando juegas, tu cuerpo se mueve por instinto y conectar con ese instinto es liberador.

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El futbol lo juegan los cracks y las patas de palo. Todos hacen una labor específica, puede haber alguien en tu equipo con quien no logras congeniar, pero cuando juegan eso no importa, existe una tregua muda desde que empieza el partido hasta que termina.

El futbol es como la vida: siempre te da la revancha, siempre hay un segundo tiempo, siempre hay una siguiente oportunidad para llegar a la victoria.

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