19 / junio / 2021 | 16:51 hrs.

Cuento. Las mujeres de Luz

El misterio y la desgracia se mezclan en el cuento que la escritora Ayari Velázquez comparte con los lectores. A continuación presentamos la primera parte de la historia

Cuento. Las mujeres de Luz
Foto: Istock
Vida Q 06/06/2021 02:45 Ayari Velázquez Actualizada 09:04

Primera parte

No te les quedes viendo así, ¡Si supieras el origen de semejante desgracia, no los verías de esa manera! Ahí como los ves de baldados y deformes, son los nietos de Luz, ándale la que empezó con el mitote de la santería y brujería aquí en el Rancho. Esos chamaquitos son el resultado de la maldad que sembró esa mujer por la brecha de la colonia Oscura. La gente dice que se volvió venenosa porque nunca superó que su hijo menor, Bonifacio, tuviera unas mañas medio alrevesadas, por eso le urgía casarlo, para ver si podía curarle un poco la “enfermedad” que tenía por los hombres. A todas nos quería enjaretar al pobre Bonifacio.

Él era un buen muchacho, en el recreo jugaba con nosotras a las comiditas y nos hacía trenzas. Los muchachos lo molestaban por eso, que porque caminaba raro, que porque no jugaba futbol, que porque si lo empujaban lloraba, que porque no era como los demás disque hombres, a mí me parecía amable y educado. Bonifacio tenía ya 19 pero no podía pasar de tercero de secundaria, así que lo dejaban repetir una y otra vez. Bonifacio era más feliz en la escuela que en su casa. En la escuela, sino era aceptado por los niños, era aceptado y valorado por los maestros y por nosotras; pero en el hogar no era el caso, imagínate tener a Luz como mamá. “Boni párate bien, Boni juega con tus hermanos, Boni aprende a montar, Boni ¿por qué hueles diferente?, Boni deja las muñecas de tu hermana, Boni yo creo que estás enfermo, ¿Qué haz de tener?, ¿Boni qué haces con tu primo?, Boni deja los zapatos de tu hermana. ¿No te sirvieron los trancazos de la vez pasada, quieres que te queme las manos otra vez? Pero si parece que te encanta porque siempre me das motivos para hacerlo. Boni ¿ya viste a las muchachas? ¿Son bonitas, verdad?, Boni ya te hace falta una mujer ¿Qué va a decir la gente?, Boni deberías ir por la noche a la cantina, tomarte una cerveza no te aleja de la gracia de Dios, pero la forma en la que miras a los hombres, sí. No solo estás condenándote tú, estás condenando a toda la familia. ¡A mí, qué soy tu madre! Qué cargué contigo en mi vientre con amor, con ternura y esperanza, ¿No te apena tu pobre madre, Boni? Hazlo por mí”.

Aquella última frase terminaba por destrozar el corazón de Bonifacio y por eso se prestaba a los juegos chuecos de Luz. Terminando las clases, ya él se había dispensado con nosotras por cualquier menester que tuviera que hacer o decir para no poner triste a su mamá. Se refería al acoso quedito, pero continuo de Luz hacia nosotras, ya entrada la tarde ya que, después de la escuela a muchas nos mandaban a vender tamales, empanadas o pan que, para nuestra mala suerte, los que vivían en la colonia Oscura eran los mejores compradores y digo mala suerte porque ahí vivía Luz, con su séquito de nueras locas. Le decíamos la colonia Oscura porque estaba rodeada de inmundicia y porque ni las velas eran capaces de aluzar un poquito tremendo pantano.

Una vez pasando de la cerca de otates de Luz comenzaba la cantaleta, a todas nos abordaba de la misma forma, claro antes de pagar, comenzaba la cantaleta: >

Le urgía que alguna de las chamacas la salváramos del apuro que tenía con Boni, porque para ella y quienes la rodeaban, vivir como él, era vivir en pecado. Y ella no pagaría penitencia alguna, porque hasta el momento, Diosito no se los había cobrado.

Todas respondíamos negando con la cabeza y una vez en casa, era el turno de mamá de escuchar nuestras quejas.

—Nombre má, otra vez Luz estuvo con sus cosas, yo ya no quiero ir, mande a las más chicas, igual y a ellas no les dice nada.

—Y el pobre Bonifacio sin decir palabra, pobre muchacho, él tan bueno —decía mi mamá mientras contaba las monedas que íbamos sacando del mandil.

—Mami ya no nos mande a la colonia Oscura —le pedía también mi hermana Esther—. No me gusta ir para allá. No sólo Luz nos mira raro, también las nueras, nos miran fijamente como si quisieran liberarse de algún embrujo que no les permite hablar. ¿Y si Luz las brujeó mami?

—Eso no es de brujería, es cuestión de elecciones hija. Esas mujeres solo pagan el precio de su ambición y su falta de fe. Esa mujer está jugando con fuego y tarde o temprano se va a quemar. Tienen razón chamacas, ya no van para esos rumbos, hacemos vendimia aquí cerquita.

Todos sabíamos que ser parte de la familia de Luz significaba acabar sin dignidad, pobre, medio muerta y con el mentado gorrito blanco en la cabeza. El gorro blanco representaba la salvación que supuestamente la Santísima Muerte le brindaba a Luz a cambio de ciertos favores. Los favores se llamaban: Chira, Alondra, Margarita, Eusebia y Gris. Las esposas de los hijos mayores de Luz. Una vez que se casaban por medio de una ceremonia desconocida por nosotras, pero bien sabida y temida por los más viejos, los bienes y el dinero que pudieran tener ellas, pasaba a ser una ofrenda para la Santísima y con eso garantizaban su pase directo al paraíso.

Sé lo que estás pensando, pero hay gente que se deja impresionar con ese tipo de cuentos.

Está el caso de Chira, quien era ahijada de mi mamá que días antes de casarse le advirtió la desgracia que le esperaba una vez entrando a los terrenos de Luz…

¡La historia continúa el próximo domingo!

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