Cuento. Encadenadas 2

En el segundo capítulo de esta novela por entregas, escrita por Ayari Velázquez, se revela lo que ocurrió con Darinka, personaje que fue víctima de violencia de género

Cuento. Encadenadas 2
Foto: EFE
Vida Q 04/07/2021 06:30 Ayari Velázquez Actualizada 11:08

Capítulo 2

¿Que cómo estoy? Me duelen partes de mi cuerpo que no sabía que existían, me duele el cabello, las pestañas, los huesos. Es como si toda su fuerza recayera en quitarme el ser mujer a golpes, como si mi cuerpo fuera el culpable de sus inseguridades, de sus traumas. Recuerdo cada golpe, cada insulto, cada patada, el sonido de mis costillas tronar contra sus botas hacía eco en alguna parte de mi cerebro, como si el sonido fuera familiar… ya recuerdo, era como pisotear las cáscaras del almendro que tenían mis abuelos en el jardín, qué curioso recuerdo, qué artística resulta mi memoria en estos momentos, pareciera que quiere aminorar el dolor y el miedo que siento... No olvidé nada en mi declaración, ¿cómo olvidar un momento que sabe a sangre? Pareciera que ese fue su objetivo, marcarme para no olvidarlo nunca. Me pateó el vientre, el pubis mientras repetía: “¿Cómo te atreves perra, quién te crees que eres?” No entiendo todavía cómo logré salir de él, sentí por un momento que ya no quería defenderme, pasó por mi cabeza “que me mate, ya no puedo”. Fue el instinto, el mismo instinto primitivo que lo llevó a masacrarme, me levantó, como si una fuerza ajena a mí, me tomara por la espalda y preparara mi cuerpo para la huida. Escuchaba sus gritos, mis pasos firmes en el pavimento, acompañados de la fuerza de mis muslos ligeros mientras los senos intentaban huir de mi cuerpo. La cara de las personas que me socorrían, sus movimientos lentos y mis gritos ahogados entre la angustia y el dolor, la duda sobre si ellos también me harían daño… Hoy no quiero ser mujer, no quiero ser yo, no quiero existir, no quisiera despertar mañana, ¿Qué voy a hacer mañana? ¿Qué le voy a decir a mi familia? Mi papá me despertará con un “te lo dije”, mi mamá con “te lo buscaste, ¿para qué andas provocando?”. Lo peor es que yo también lo pienso, ¿me lo busqué? ¿lo provoqué? ¿por qué me siento culpable si no hice nada malo? ¿por qué siento que me lo merezco? ¿por qué? 

Pensaba una Darinka recostada en una de las camas de urgencias de la Cruz Roja, las lágrimas se le aglutinaban en el ojo izquierdo, ya que el derecho estaba completamente cerrado. Hoy Darinka era dos costillas fracturadas, traumatismo ocular cerrado, labios que no paraban de sangrar y que necesitarán varios puntos de sutura, piezas dentales que se aflojaron o salieron de su lugar…

—Dice el doctor que hasta mañana la podremos ver, la tienen sedada —indicó Maggy al grupo de amigas que esperaban afuera de urgencias.

—No hubieran dejado que llegara sola a su casa…

—¡No mames Sol! ¡Tú ni estabas!, ¿cómo chingados íbamos a saber? No digas estupideces —le gritó Elena—. La hubieras llevado tú a ver si muy buena amiga, pero no, ahí estabas en tu casita siendo la gata de tu marido como siempre —Sol comenzó a llorar.

—Bueno ya Elena, tú tampoco digas pendejadas. Hay que pensar en qué es lo que tenemos que hacer ahora, qué es lo que legalmente hay que resolver. Aquí el único culpable es ese cabrón, nadie más —interrumpió Julia.

La familia de Darinka llegó y, como ella había previsto entre sueños, sus padres la culparon: “Si no te juntaras con esa bola de viejas argüenderas, si entendieras cuál es tu lugar como mujer, eso te pasa por no saber elegir una pareja decente y sí, tus tatuajes y la manera en la que te vistes tiene mucho que ver, ¿qué va a decir la familia de tu papá? Que no te supimos educar. ¡Y sus clientes! ¡Ay no! Dice el doctor que en una semana ya puedes recuperarte en casa, ni creas que vamos a poder venir todos los días a verte, tienes que hacerte responsable por tus actos”.

—¿Entonces tu papá no te va a ayudar?

—No.

—Pero tu papá es abogado, ¿neta no va a hacer nada? —insistía Elena.

—No van a hacer nada güey, ni le muevas —articulaba con dificultad Darinka.

—¿Quieres que nosotras hagamos algo? —preguntó Julia.

—Voy a reportarlo en redes, necesito que me tomen fotos y suban la secuencia de los hechos, no necesito de mis papás para hacer un desmadre, ya di mi declaración y abrí la denuncia sola.

Las amigas le tomaron fotos de cada herida, subieron los hechos a redes sociales etiquetando a Lalo, en horas la publicación se hizo viral y el rostro del agresor estaba por todos lados, varias asociaciones de mujeres se contactaron con Darinka para darle asesoría legal y psicológica gratuita.

Como era de esperarse, la familia de Lalo hizo todo lo posible por ocultarlo, alegando que su hijo no era ningún golpeador.

Elena organizó una protesta afuera de la casa de Lalo.

—¿A dónde?

—Te vale madre Javier.

—Yo no entiendo para qué vives conmigo si haces lo que te da la gana, luego no te quejes de que me ando fijando en otras, ve cómo me descuidas… ¿Te vas a poner eso? No me chingues Elena, mis amigos se siguen burlando de tu disque “performance”, todavía estuvieras buena, hasta gusto me daría que te vieran —ella llevaba una bata con transparencias, nuevamente su cuerpo maquillado para aparentar estar amoratado—. Sigue con esas mamadas y te van a hacer lo mismo que a Darinka, todas tus amiguitas se andan buscando eso…

—Si no te gusta, te puedes ir.

—¿Para que termines rogándome como siempre?

—Ya vete, haz lo que quieras.

Y sí, Elena siempre clamaba por su presencia, ni ella misma entendía de dónde venía la necesidad de estar con alguien tan primitivo como él. Llevaban tres años de relación, Javier ya la había engañado con primas, amigas y extrañas; la insultaba, hacía comentarios despectivos sobre su cuerpo, le había robado un par de veces y aún así ella justificaba todo. Era irónico cómo Elena se desvivía clamando justicia aquella tarde frente al portón del agresor de su amiga y no tenía la fuerza para luchar por la suya.

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