Cuento. El 13 de la suerte | Querétaro

Cuento. El 13 de la suerte

En esta ocasión, la escritora Ayari Velázquez comparte con los lectores un texto sobre los conceptos del amor

Cuento. El 13 de la suerte

Cuento. El 13 de la suerte Foto: Cortesía

Vida Q 19/09/2021 10:02 Ayari Velázquez Actualizada 13:15

El amor tiene rostros diversos, cada uno de nosotros tiene una percepción distinta de lo que es, para mí es un organismo vivo, cambiante, que respira y se nutre, que cada 13 de septiembre late se expande y me inspira a escribir. Hoy quiero relatarles cuáles han sido los conceptos del amor que me han permitido entender su libertad.

En mi cumpleaños número ocho le pedí a mi papá que me llevara a patinar sobre hielo y a ver Titanic que se estrenaba por primera vez en las salas de la Ciudad de México, dentro de mi petición existía que estas actividades las realizáramos solo él y yo, ya que por su trabajo casi no pasábamos mucho tiempo juntos. Me llevó a patinar a la pista de Gran Sur, recuerdo que sus habilidades parecían natas, se desplazaba por la pista como un verdadero experto, yo no había pisado el hielo antes así que un instructor me ayudaba, cuando al fin pude soltarme, patiné hasta él, quien me recibió con un abrazo y con un tono de voz que solo utilizaba para mí, dijo: “¡Órale! Muy bien princesa”. Un par de veces solté su mano y me caí, “Mete las manos, siempre que te caigas mete las manos y levántate”. Mis rodillas estrenaban nuevos raspones, pero no me dieron ganas de llorar. “Las machas no lloran”, decía mi papá, “Y usted es muy macha”. Terminamos nuestra sesión de patinaje para poder llegar a la película, le pregunté mientras nos quitábamos los patines en dónde había aprendido a patinar, “Nunca había patinado en mi vida” dijo sonriente en voz baja, como si aquel nuevo talento fuera nuestro secreto. Ya en el cine me compró palomitas y un jugo. La película me tenía hipnotizada, los vestidos, los sombreros, la música, la riqueza y luego: Leonardo Di Caprio. Hasta ese momento de mi cortísima vida no había sentido algo parecido por el sexo opuesto, no sabía que me podían gustar los niños. Ese día lo descubrí. Mi papá se dio cuenta y apretando mi mejilla susurró: “Está guapo el muchacho” y yo asentí sin voltear a verlo y no por pena, sino porque quería llenarme las pupilas de la belleza de Jack y su peinado de raya en medio. Al terminar la película yo había encontrado al amor.

En la escuela platiqué a mis amigas la experiencia sobre Titanic. Algunas hicieron gestos como de aburrimiento y otras compartieron este nuevo sentimiento que se percibía en el pecho y las manos, sobre Jack.

—A mí me gustaría que fuera mi novio —dijo una de ellas.

—Eso no se va a poder nunca —le explicaba una amiguita que parecía diestra en las artes del enamoramiento. —Si acaso puede ser tu amor platónico.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Pues el amor que es imposible.

Mi mamá no me leía cuentos tradicionales, me leía mitos griegos y en mi repertorio musical no existían Cepillín, Tatiana o las gemelas Ivonne e Ivette. Mientras hacía la tarea conmigo ponía un CD titulado Clásicos divertidos, en los que había una compilación de música clásica, recuerdo que la portada eran un violín, un tambor y una trompa con pies y manitas que se tocaban a sí mismos. Mi canción favorita era “La máquina de escribir” de Leory Anderson. Esa tarde mientras hacíamos tarea, le expresé mi decepción al enterarme que Jack, el muchacho de la película, solo sería mi amor platónico.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó mi mamá curiosa, pero seria.

—Una de las niñas del salón.

Esa tarde me explicó el verdadero significado del “amor platónico”:

—Te voy a contar una historia: En la antigua Grecia existía un gran pensador llamado Platón, a los grandes pensadores se les llamaba filósofos, ellos se dedicaban a cuestionar el porqué de las cosas, de la vida, de la muerte, de la naturaleza y claro, del amor. Una vez Platón y sus amigos se reúnen para hablar del dios Eros, el dios del amor y sobre el significada que tenía el amor para cada uno de ellos. Platón decía que para el amor la belleza del cuerpo no era importante, sino la belleza del alma. Si no podemos ver la belleza interna del otro, no podemos decir que amamos a la otra persona y si lo piensas bien, esto no es imposible, ¿verdad?

—No mami.

—¿Te sigo contando la historia? —me preguntó acariciándome el cabello, asentí observando mi reflejo en sus enormes lentes. —Bueno pues en esta reunión llegó otro pensador, se llamaba Aristófanes y les compartió a sus amigos otra historia, en la que explicó que antes de ser hombres y mujeres físicamente distintos, existió una raza de ser humano que era redonda. A estos seres se les llamaba andróginos, tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos rostros y una sola cabeza. Los seres andróginos eran hijos de la luna y poseían un espíritu egoísta. Un día se les ocurrió enfrentar a los dioses, alegando que eran merecedores del Olimpo. Zeus tuvo una idea: “Voy a cortarlos en dos, así sus almas podrán serenarse”. Zeus procedió a dividirlos y con ayuda de Apolo, el dios de la belleza logró que sus figuras redondas fueran empequeñecidas, dándole vueltas a una pequeña perilla que salía del vientre de los andróginos, esas perillas son nuestros ombligos. A estas nuevas criaturas las llamaron individuos y aunque vivían felices siendo solo uno, su ombligo les recordaba que les hacía falta algo que los complementara, así que algunos salieron en busca de aquella parte perdida, al reencontrarse, se entrelazaban para demostrar su afecto. Los individuos dejaron de depender los unos de los otros, pues ya no eran redondos, su unión no era obligatoria, era deseada. Y así es la manera en la que yo creo que es el amor: dos individuos que se complementan y se aman, pero que no se necesitan para sobrevivir.

Esta historia converge con la visión del amor desde la semiología, la cual explica la manera de cómo se enlaza la estructura del genoma humano con la estructura de la personalidad. En semiología se expone que debemos renunciar al concepto del amor romántico: el amor que todo lo aguanta, todo lo puede, el amor hasta que la muerte nos separe, ya que esta clase de afecto nos lleva a la apropiación del otro lo cual implica la gradual pérdida de un interés en la pareja transformada en factor de seguridad, pero ya no de atracción. Si nos apegamos a lo que la otra persona es y nos comparte, el día que este individuo decida seguir su camino lejos del nuestro, nos quedaríamos vacíos.

Es por eso que en el amor debemos tener claros tres ideales: soy uno, soy pleno, soy completo y que la única cadena que debería tener el amor es la libertad.

 

 

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