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#Cuento| Domesticar el instinto

¿Por qué las mujeres no hacemos eso? ¿Qué acaso nosotras no sentimos deseo? ¿Qué a nosotras no nos puede ganar la curiosidad? ¿Por qué nosotras no les agarramos las nalgas a los hombres cuando los vemos pasar?
#Cuento| Domesticar el instinto
Foto: Especial
23/08/2020
10:55
AYARI VELÁZQUEZ
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Instinto: Conducta innata y no aprendida que se transmite genéticamente entre los seres vivos de la misma especie y que les hace responder de una misma forma ante una serie de estímulos. El instinto es un tema interesante en cuestiones de género, como mujeres nos es incómoda la forma en la que los hombres nos miran. Pero ¿será la mirada un acto consciente o es parte del instinto? ¿Acaso el instinto de las mujeres es más discreto? O es que realmente nuestro instinto como féminas ha sido “amansado” a lo largo de la historia de la humanidad a tal grado de reprimirlo.

Hay estudios que indican que las pupilas de los hombres se dilatan al ver unas caderas y nalgas prominentes y que las pupilas de las mujeres se dilatan al ver los senos de otras mujeres y al ver bebés. Las pupilas de ambos se dilatan también al ver un desnudo, esto es importante, no importa la persona que se encuentre sin ropa, la pupila se dilata por el simple hecho de la desnudez. La primera palabra que nos viene en mente es “morbo”, hablando de los varones. Pero la cuestión es ¿es posible que podamos controlar a voluntad el tamaño del iris al momento de mirar caderas, senos, bebés o la desnudez? Podemos controlar lo que viene después de la mirada, eso es lo que nos lleva al tope de la cadena evolutiva: la razón. El instinto no desaparece, creo entonces que puede ser domesticado.

El instinto es el responsable de nuestra supervivencia, el cúmulo de experiencias favorables o no, desarrolla un conocimiento. El conocimiento no existiría si el instinto no estuviera de por medio. Quise escribir sobre esto por la línea tan delgada que existe entre una mirada curiosa “instintiva” a una mirada cargada de deseo “instintivo” que puede quedarse solo en eso o llegar a una agresión.

Como dice el dicho “Ver no es pecado”, pero ¿qué tanto es tantito? Hace unos años regresando de la universidad, estaba esperando el bus, llevaba puestos unos jeans holgados, una blusa y mis botas de campo. A un joven se le ocurrió pasar corriendo detrás de mí y agarrarme una nalga. Mi reacción: quería correr y las piernas no me respondían, quise gritar y no me salió la voz, intenté llorar y sentía el cuerpo vacío. La reacción del ente estúpido: reírse a carcajadas mientras gritaba “¡Qué rica estás!”. La reacción de los espectadores, entre ellos otras mujeres mayores que yo: reírse y mirarme como si hubiera sido mi culpa. La reacción de mis padres: ¿Pues por qué te vistes así? Hace poco conversando con mis amigas recordé este momento incómodo y que la mayoría de las mujeres ha vivido alguna vez, nos preguntamos ¿por qué las mujeres no hacemos eso? ¿Qué acaso nosotras no sentimos deseo? ¿Qué a nosotras no nos puede ganar la curiosidad? ¿Por qué nosotras no les agarramos las nalgas a los hombres cuando los vemos pasar? Sencillo: nuestro instinto ha sido domesticado. Desde siempre el deseo de la mujer han sido reprimido, silenciado, castigado, condenado. “Esa mujer está histérica, medíquenla”, es la frase que se utiliza porque la realidad es que la mujer no se siente satisfecha sexualmente, ¿y eso también es nuestra culpa? Pareciera que los únicos que tienen derecho a ceder a sus instintos y perder la razón por ellos con toda la justificación de las leyes son los varones. Ahora bien, le pregunto hace días a Arnoldo por qué los hombres a pesar de su físico, condición económica, a pesar de todo, creen que es que tengan una oportunidad con una mujer que, podríamos decir, está lejos de su alcance. La respuesta: “Pues porque hay que creer que tenemos una posibilidad”. Me dio un ejemplo. Imagina que Brad Pitt está sentado en la mesa de enfrente, ¿no irías a platicar con él? ¿No desearías que algo más pasara? ¡Es Brad Pitt! Contesté ¡Pero por supuesto, no lo pienso dos veces! Ahí está la respuesta. No voy a pensar en mis inseguridades en ese momento, ni siquiera voy a cuestionar si soy suficiente o si lo merezco. No hay cabida para esos pensamientos. No pensarlo dos veces es parte del instinto autómata. Interesante.

Ahora qué pasa con el instinto que es meramente irracional, qué pasa con los estímulos externos que vivimos a diario, ¿cómo luchamos contra nuestra propia genética? ¿No lleva el hombre, por herencia de todo un pasado zoológico, algo que va en contra de su naturaleza social?

Lo anterior tiene dos aspectos: el primero comprende lo relacionado con la existencia o no de capacidades heredadas para desarrollar ciertas funciones. El otro aspecto se relaciona con la herencia de inclinaciones, aversiones, instintos y emociones. En las condiciones de la vida social estas reacciones biológicas se denominarían como inclinaciones naturales hacia el bien o hacia el mal, las cuales dictarían la conducta del hombre. La aceptación de la existencia de instintos en el hombre necesariamente conduce a la conclusión de que las fuerzas motoras básicas de la conducta del hombre y de los animales son las mismas, y que la cultura social es tan sólo un medio permitido por la sociedad por medio del cual se satisfacen aquellos instintos animales, según Freud. Es curioso que el juicio y el castigo se relacionan solamente con las alteraciones de las normas establecidas para la satisfacción de los instintos y no con los propios motivos de la conducta.

Debemos entonces considerar los siguientes rasgos característicos a cualquier conducta instintiva: En primer lugar, el hecho de que se halla relacionada con cualquier necesidad actual del organismo; en segundo, que esta necesidad, por sí misma, provoca solamente una conducta de búsqueda hasta que el animal encuentre un estímulo específico y absoluto. En tercer lugar, que para un instinto dado es característico que la conducta se manifiesta desde el momento en que el animal se somete a la acción del estímulo (en este momento, el animal se acerca o se aleja del estímulo). En cuarto lugar, en todas las variantes de movimiento en cada instinto se conserva un carácter específico de realización de la conducta; dicha conducta se denomina reacción de completamiento.

Ahora bien, entendemos que el instinto per se colabora consigo mismo para obtener lo que necesita. En la evolución neurobiológica del hombre nos encontramos con que nuestro encéfalo no solo está formado por el cerebro reptiliano que se encarga de la función instintiva, regular el equilibrio y asegurar la supervivencia (cuando nos encontramos en peligro, el cerebro reptil toma el control ), sino de estructuras más complejas que regulan nuestra conducta y en la que siempre existe la posibilidad de traspasar una línea o no. Me refiero nuevamente a líneas que son razonadas, no aquellos instintos que no pueden concientizarse. Una vez que la acción pasa por el canal de análisis (corteza prefrontal) ahí está la posibilidad de realizar la acción o no.

Entonces, si como mujeres han logrado a lo largo de nuestra historia reprimir nuestro deseo a tal grado de domesticarlo. Entendemos que una probable acción previamente analizada de cualquier ser vivo, puede domesticarse también.

 

 

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