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#Cuento | De[s]antos

Andrea Luna, quien cursó el taller de creación literaria de Ayari Velázquez, escribe un relato sobre figuras religiosas

#Cuento | De[s]antos
13/09/2020 |09:55
Redacción Querétaro
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Una de las relaciones más complicadas del ser humano, es la que mantiene con la religión.

Nopasanada amanece con la mitad de figurillas y objetos religiosos. No se sabe con exactitud cómo ha sucedido la fuga. Testigos aseguran haber visto a su santo predilecto escapar de las repisas durante la madrugada. Gente de múltiples localidades ha iniciado el caos; temen olvidar su conservadurismo y opiniones que nadie solicitó. Prosperidad ciudadana en peligro. Alerta máxima.

Así anunciaban noticieros del sitio, una mañana sin fecha. Era terrible la situación actual, más que cualquier otra circunstancia que mereciera acciones inmediatas desde hace años.

En aquel momento, autoridades de aparador hicieron acto de presencia entre discursos absurdos y faenas inútiles. Buscar objetos que aseguraran la tranquilidad de doble moralistas, se anteponía a cosas realmente importantes.

La población era tan numerosa, que las representaciones “divinas” mostraban sólo el 0.1% dentro del territorio. En la época dorada, por cada familia existían al menos 15 santos de barro entre otras imágenes que integraban el núcleo social.

El pánico azotó con furia. Iglesias comenzaron a restringir entradas, por miedo a la sobreexplotación que las personas ejercían a las figuras inanimadas restantes. De 3 milagritos solicitados al mes aumentó a 25 por habitante.

Los insuficientes beatos ya no se daban abasto; mientras tanto, los fieles asustados comenzaron a “pedir prestado”, llevándoselos a sus hogares. Grandes peregrinaciones fueron canceladas, quedando los suelos libres de basura esparcida. Opiniones sobre el cuerpo ajeno se reprogramaron hasta nuevo aviso.

Era terrorífico subir al autobús y darse cuenta que el chofer que cobraba de más al pasajero de la tercera edad, mostraba un tablero limpio, sin rastro de la santísima llena de rosas color magenta con gargantillas enredadas. Brutal escena era observar que ni fragmentos del Padre Nuestro aparecían en los vidrios polarizados del auto perteneciente al que gritaba obscenidades a las mujeres.

Peor aún, fieles de hueso colorado, aquellos que no se perdían cada una de las misas y regresaban a la vida cotidiana para fastidiar al prójimo, ya no cargaban el rosario, ni la estampita en la cartera por temor al hurto que comenzó a suscitarse. Las misas eran cosa del pasado. Joder en domingo se volvió acto de 24 horas, sin derecho al perdón momentáneo que otorgaba la masiva purificadora de almas.

El miedo no tardó en desmantelar ira desmedida. Todo filtro de buen samaritano en momentos de conveniencia quedó atrás. Destrozos a casa habitación, intimidaciones, golpes a transeúntes, el pan de cada día. Noticias inundaban cada rincón exponiendo la precariedad del asunto. Los titulares no hacían otra cosa más que divulgar falacias, para asegurar el consumo y esparcir desconcierto.

El diezmo seguía exigiéndose a los fieles, con oportunidad de pagos chiquitos o depósitos a cuentas bancarias adelantando mensualidades. Los encargados aseguraban un ágil regreso a la normalidad, siempre y cuando existiera el desapego a bienes materiales. Una semana después, se les vio surcando los cielos en helicóptero, con una gran figura bañada en oro e incontables maletines negros.

Sacerdotes omitieron, por primera vez, amenazas sobre castigos divinos a irrevocables agravios creados por mujeres, quienes sumían a la iglesia en terreno degradante —algo nunca antes visto—. Ahora, sólo se dedicaban a resguardar las pocas figuras enalteciendo su poderío a la voz de “¡aléjense!” y arropando con sus cuerpos encorvados el material sobrante.

A veces lanzaban patadas, enseñaban las uñas amarillentas, gruñían —revelando los dientes afilados como bestias salvajes—, con tal de cuidar sus bienamados santitos, rellenos de monedas doradas e insensibles secretos atorados en la garganta porosa.

Numerosas personas eran vistas dándose fuertes golpes de pecho exclamando sin cesar:

Por mi culpa,

por mi culpa,

por mi gran culpa.

Un día más, un santo menos. Dos semanas después, 20 iglesias a la baja.

Algún internauta sin rostro observó un vídeo en el que aseguraban captar el momento exacto, o mejor dicho, el modus operandi de la fuga hasta ahora desconocida. Todo confirmaba los hechos anteriormente relatados. En un momento la pieza se encontraba intacta, rígida sobre una superficie individual y al siguiente, pequeños pies corrían frente a los ojos del espectador más escéptico dejando una nube de polvo a su paso.

El vídeo no tardó en difundirse en todos los medios. Por las calles sólo podía distinguirse el grito desgarrador de “¡CASTIGO DIVINO!”

Silencios abrumadores comenzaron a reinar Nopasanada, como nunca antes había sucedido. Durante la noche, ni las almas penaban. Los perros dejaron de aullar, los pecados nunca fueron absueltos y el dictamen final era otorgado por jueces instalados en confesionarios.

Mentiras se convirtieron en verdades delatoras. En consecuencia, las cárceles reventaban en toda su extensión. Sólo un mes bastó para la desaparición total. La vergüenza y justicia que por primera vez no brilló por su ausencia, hicieron lo suyo con cientos de habitantes. En posteriores, voluntariamente ingresaban uno a uno en las celdas.

El día que los santos decidieron regresar, hicieron la fiesta más extensa de la que se haya escrito en cualquier libro sacro o profano. Comieron, bailaron y bebieron sin descanso, para —posteriormente— habitar con tranquilidad sus aposentos, sin la interrupción de la buena, sincera y respetuosa gente de tan virtuoso lugar.