Mamá grafitera "la calle es mi galería" | Querétaro

Mamá grafitera "la calle es mi galería"

Homma Jo tiene 22 años y una niña de cuatro. Le encanta la pintura, aunque no se considera ni graffitera ni muralista. Su familia no la apoya y dice que su actividad como artista callejera les parece inmoral.

Portada 30/10/2016 00:30 Paulina Rosales Actualizada 11:17

Latas de aerosol y pintura vinil descansan sobre una banqueta. Azul, amarillo y blanco son los colores plasmados sobre una de las paredes de ladrillo de una escuela preparatoria, el Cobaq número ocho. De fondo, se escucha música Hip hop, mientras María José o Homma Jo –como se hace llamar– pinta sobre un muro uno de sus dibujos.

Desde que tiene memoria se ha dedicado al arte. Tiene 22 años y una niña de cuatro. Es madre soltera y es pintora. Su arte no lo considera graffiti, tampoco muralismo. Es un poco de todo, dice, una mezcla de material reciclado, carpintería, manualidades y pintura.

“Soy mamá y pintora. Me gusta hacer manualidades y todo lo que tenga que ver con crear. Hago cuadro, los vendo, los rifo, lo que sea… si yo pudiera regalaba todo lo que hago, porque la gente sonríe cuando los ve y me gusta que sonrían”, indica.

“Me gusta esto desde siempre, desde que era niña. La pintura es lo que me ha salvado porque soy a veces una persona depresiva y esto es mi equilibrio, mi ying y el yang… cómo explicarlo… nunca he tenido apoyo de la familia, ni de nadie. Les parece algo inmoral, algo que no va con una persona que tiene un hijo. Dicen que debo madurar, pero eso no va conmigo”, dice.

A los 12 años, Homma Jo tuvo su primer trabajo. Comenzó vendiendo latas de pintura y aerosoles; con este empleo ganaba alrededor de 250 pesos a la semana, no es mucho, pero para una niña de su edad, era demasiado.

El primer acercamiento con la pintura se dio en ese momento y a partir de ahí, todo fluyó. Tuvo a su hija a los 18 años, cuando estudiaba en la preparatoria, justo en donde cuatro años después se encuentra pintando.

Los primeros meses con su hija fueron difíciles. Después de su nacimiento, esperó casi un año para encontrar empleo formal en una inmobiliaria, donde continúa. Actualmente, tiene prestaciones sociales y sus ingresos son semanales, los incrementa con la venta de manualidades –como dijes hechos de material reciclado– y con la pinta de murales por pedido. Sus clientes son comercios que piden un diseño que represente la idea de la empresa.

“Fue un poco difícil porque nadie nace sabiendo. Fue complicado, porque también la familia me decía: Tú te lo buscaste, tú te las arreglas. Casi siempre he tenido que hacerlo sola […] su papá pone de pretexto que me gusta pintar y eso provoca un conflicto, una guerra”, indica.

“La necesidad mueve más montañas que la fe y, en ese momento, necesitábamos yo y mi hija el dinero. Ella es mi prioridad y me tuve que empezar a trabajar. Hasta ahora me siento bien con lo que he logrado. Muchos por pintar me dicen que soy mala madre, pero yo hubiera querido que mi mamá hiciera muchas cosas como las que yo hago por mi hija”, señala.

Homma Jo describe a su familia como tradicional. Las metas son la convivencia y trabajar para toda la vida, sin tiempo para otra cosa. Desde chica vive con su abuela, quien al igual que ella buscaba un estilo de vida distinto al establecido. Tenía otras ideas y quería ser maestra; sin embargo, la presión familiar la forzó a hacer algo que no le gustaba y a tener otro tipo de empleos.

“Me pongo a reflexionar y recuerdo cuando mi familia me decían: No puedes o no debes. Yo no quiero que mi hija crezca así, pero es difícil […] trato de enfocarla para que ella haga lo que quiera, que no se deje llevar por la sociedad y otras las ideologías. Quiero que ella se encuentre”, reconoce.

Cuando Homma Jo conoció al padre de su hija, a él le interesaban los murales y la pintura; una idea que fue cambiando con el paso del tiempo: “A mí no me gustaba tener novio generalmente, porque nunca les ponía atención por estar pintando, según ellos… este chavo mostró interés y me gustó eso. Ya después no, se dejó envolver y ahora trabaja nada más”,

“No tengo pareja, porque también le parece lo peor, de: eso no va con una persona que tiene un hijo. Pero esto nunca lo voy a dejar. Es lo que amo”.

Además de los prejuicios familiares, reconoce que, en general, el pintar sobre fachadas se considera por muchos vandalismo; sin embargo, nunca ha tenido problemas con la policía y jamás ha estado en prisión.

Pinta “legalmente” pidiendo permiso y cuando ve alguna convocatoria en internet. No obstante, encontrar este tipo de oportunidades es algo complicado, porque no tiene tiempo de ir a algún cyber para buscar.

“Soy consciente de que vas y pintas la casa de alguien a quien también le costó mucho tener su casa, entonces eso no tiene chiste. Estás jodiendo a tu mismo pueblo. El graffiti no me gusta porque muchos dicen que es protesta contra el gobierno, revolución, pero si así fuera, irían a pintar Los Pinos, no la casa de tu vecino o los camiones”.

No realizó estudios de arte, pero considera que no son necesarios, ahora cualquiera puede pintar si eso le hace sentir bien. A los 13 años, expuso por primera vez en el Jardín Guerrero, en donde de forma ocasional se montaban exposiciones callejeras. Para ella, lo importante es no dejar el arte.

“Tengo un trabajo monótono y hago diario casi siempre lo mismo; sin embargo, siempre tengo tiempo para esto, aun así sea en la noche, a las 12 o después. Sólo pinto. Hago murales, utilizo aerosoles, brochas, acuarelas… no me interesa tener un papel que diga: Yo soy artista. El arte, para mí, se expone en galerías y la calle es mi galería”

“Hay mucha gente que ni va a los museos, no les interesa o no saben dónde está, pero la calle todo mundo la ve. No tiene una exclusividad, es de todos”, concluye.

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