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Por falta de empleo, ciegos crean negocio de limpieza

La debilidad visual no es un obstáculo para los integrantes de El Rayo de la Limpieza

FOTO: Ricardo Lugo
12/06/2016 |00:14Rocío G. Benítez |
Rocío G. Benítez
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A los cinco años de edad Reinaldo Lugo Escobar perdió el ojo derecho, y a los 10 años la vista del ojo izquierdo, quedando en ceguera absoluta. En ese mundo de oscuridad, donde faltan ofertas para estudiar y trabajar, encontró una solución: crear sus propias oportunidades.

Hoy estudia el octavo semestre de la carrera de Comunicación y Periodismo en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), y es representante de la cooperativa de ciegos y débiles visuales El Rayo de la Limpieza, dedicada a producir trapeadores (mechudos) de forma artesanal.

La cooperativa comenzó a operar oficialmente en 2010, con más de 10 personas, ciegos y débiles visuales que coincidían en la falta de trabajo. “Decidimos unirnos para comenzar un trabajo en colectivo, ya que la circunstancia con la que nos estábamos topando era no encontrar empleo, buscábamos empleo y no nos querían dar la oportunidad”, revela Reinaldo a EL UNIVERSAL Querétaro.

El proyecto surgió luego de recibir una capacitación para elaborar productos de limpieza, en la Escuela de Ciegos; por lo que la Secretaría del Trabajo apoyó a todos los participantes con una beca. De 17 personas que tomaron la capacitación, 14 se interesaron en crear la cooperativa, juntaron el dinero de su beca para comprar su primera máquina forjadora y comenzaron a trabajar.

“El inicio fue excelente, dijimos: pues si no encontramos empleo vamos nosotros a hacer nuestro propio taller. Con el apoyo que nos dieron de nuestra beca juntamos para nuestra propia máquina. Así empezamos y todavía estamos aquí en El Rayo, echándole ganas, tocando puertas, porque vendemos casa por casa. No ha sido fácil, nuestra discapacidad no nos ayuda mucho, pero le echamos ganas y no nos dejamos”, dice orgullosa Lupita Lugo Escobar, hermana de Reinaldo; ella nació con estrabismo y tiene sólo 2% de la vista.

“Dios mío, ¿por qué a mí?”

Luis Manuel Rodríguez nació con problemas en los nervios ópticos, tiene 25% de la vista, y es parte de El Rayo de la Limpieza, así como la señora Silvia Gómez Servín, experta cocinera, con especialidad en pastelería y todo tipo de postres, quien perdió la vista de un momento a otro.

“Todo fue por la diabetes. En el Seguro me pusieron laser y me quemaron las retinas, entré a la cirugía viendo y salí sin ver. ¿Se imagina qué era para mí eso? Yo decía: Dios mío, ¿por qué a mí?”, platica Silvia conmovida al recordar ese episodio.

Durante dos años, Silvia permaneció sin salir de casa, todo le daba miedo, sentía que se podía caer en cualquier instante o tirar algo. Hasta que se dio cuenta que aún en la oscuridad había un futuro.

“El psicólogo me dijo que era como una nueva vida, que no iba a ser como antes y que tenía que aprender a vivir así. Recuerdo que cuando fui por primera vez a la Escuela de Ciegos nos dijeron que iba a ver un curso para hacer trapeadores, y yo sentía que quería hacer algo. Yo siempre había sido muy luchona y me interesó mucho, porque yo iba a poder ser útil otra vez. Por eso fue que entré y estoy aquí desde entonces, con los compañeros”.

Problemáticas para crear...

En la colonia Las Teresas, en la casa donde vive Reinaldo Lugo Escobar con su esposa María Trejo y su pequeña hija Atziri Janet Lugo, se ha destinado un cuarto, un pequeñísimo cuarto para la maquina forjadora y los materiales de sus productos: hilo pabilo, magitel y felpa. Alambre, clavos y bolsas para empaquetar.

La falta de espacio es el principal problema de la cooperativa. Al principio trabajaban en la Escuela de Ciegos pero las necesidades de la propia cooperativa demandaban un lugar propio. Rentaron un local, al finalizar el contrato tuvieron que desalojarlo y se dividieron, unos trabajan en Colinas del Sur, en la casa de Emilio Pérez, otro miembro de El Rayo; el resto de los integrantes llegan a la casa Reinaldo.

Por la falta de espacio se trabaja por etapas, unos días se corta el material (hilo, felpa o magitel), otros días se realiza la producción. Reinaldo es un experto. Con agilidad coloca el soporte de madera en la máquina, una vez fijo, toma el extremo del soporte y da un martillazo al clavo, su exactitud son admirables. Al clavo va sujeto un alambre que sirve para enredar el hilo, la felpa o el magitel. Todo parece sencillo pero el experto recomienda siempre tener un pequeño botiquín a lado. Al final se empaqueta y etiqueta el producto.

Tienen la capacidad de elaborar hasta 4 mil trapeadores, al tener la máquina y materiales en casa pueden trabajar hasta de noche. En la elaboración de una pieza tardan ocho minutos. Un mechudo de El Rayo tiene un costo de 35 pesos, al día venden de 12 o 15 piezas.

Otro problema al que se enfrentan es al regateo de los revendedores. “Nos hemos tropezado en el camino con revendedores que quieren comprarnos a un costo muy bajo nuestro producto que es artesanal, lo quieren comprar a 20 pesos para ellos venderlos hasta en 40 pesos o más. Nosotros no podemos pelear contra ello, y prefieren comprarle a una empresa que trabaja con máquinas sofisticadas, empresas que producen por minutos miles de trapeadores, nosotros no podemos competir contra una industria”, dice Reinaldo.

Venden los productos casa por casa y tienen algunos clientes regulares, pero son pocos. “Es que son tan buenos nuestros productos, yo creo que ese es el error que cometemos, que los hacemos tan buenos que duran bastante, por eso tenemos clientes que nos compran cada seis meses, que es la cantidad de días que les dura el producto. Pero son tan pocos esos clientes que no nos alcanza, nuestras ganancias son pocas”.

Normovidentes, segunda etapa

Desde hace un año El Rayo de la Limpieza ofrece a sus clientes otra línea de productos, son químicos concentrados para la limpieza de pisos, elaborados por Eva Rivera Peña y su esposo Renato Pérez Chantell, ambos normovidentes, es decir personas no ciegas.

Con la participación de Eva y Renato, comenzó una segunda etapa para la cooperativa, al ofrecer trapeadores y químicos, éstos hechos también artesanalmente. Son concentrados que cumplen la función de desinfectante como el cloro, y aromatizante. Además están por sacar un shampoo herbal para la caída del cabello.

“A mí me pareció genial la idea, cuanto mi esposa me dijo que la invitaron a formar parte de la cooperativa, porque yo también he tenido problemas para encontrar trabajo, puesto que yo soy epiléptico, entonces ahí también vi la posibilidad de poder integrarme en cuestiones laborales, en algo que fuera en casa y que pudiera ser familiar”, explica Renato.

El futuro para el rayo

Pese a las limitantes de falta de espacio, falta de un transporte propio y el regateo de los revendedores, los integrantes El Rayo de la Limpieza son optimistas. “El proyecto está muy bien, siento que ha venido trabajando muy bien a pesar del espacio y todo a lo que nos hemos enfrentado, hemos diversificado nuestro producto, hemos logrado mantener nuestros clientes, eso nos ha permitido sobrevivir pero no es sólo sobrevivir, lo que queremos es crecer. La cooperativa tiene más planes, sabemos que podemos dar más”, afirma Reinaldo.

A través de EL UNIVERSAL Querétaro hacen una petición a la ciudadanía, a restaurantes, hoteles y empresarios, para que conozcan los productos de El Rayo de la Limpieza.

“Queremos hacer un llamado a los grandes empresarios, para que también permitan incrustarnos en ese sector. Se han salido compañeros porque se desesperan cuando no se vende los productos. No nos quieren comprar o en todo caso dudan de que podemos entregarles un producto a tiempo, ellos están acostumbrados a compran grandes lotes y tienen miedo que nosotros no podamos cubrir esa cantidad”, dice Reinaldo y Lupita irrumpe a su hermano para agregar: “Pero sí podemos”.

“Necesitamos ayuda de la ciudadanía o del gobernador, no de dinero, sino que nos manden clientes. Se nos hace difícil transportarnos, tener un lugar fijo, porque las rentas están muy caras. Pedimos que nos apoyen, que den difusión de lo que vendemos, que nos compren, lo que queremos es trabajar dignamente”, añade la señora Silvia.

Sus productos están disponibles en el local 52 y 53 del mercado La Cruz. Tienen página de Facebook y siguen vendiendo de puerta en puerta, quizá la próxima que toquen sea la de su casa.

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