Al cuerpo hay que obligarlo a moverse, o se vuelve más flojo de lo que es, advierte Francisco Flores Martínez, de 74 años de edad, mientras hace una pausa antes de retomar el baile de danzón en la vieja estación del ferrocarril, en la calle Héroes de Nacozari, en el primer cuadro de la ciudad.
Tiene Parkinson desde hace más de 15 años y su esposa no puede acompañarlo porque padece osteoporosis. Él se obliga a bailar porque es la mejor manera de mantener al cuerpo en movimiento, sano, retrasar el avance de su enfermedad.
Hace tres años empezó a ir esporádicamente a la vieja estación, pero él en realidad forma parte de un taller que se realiza en el norte de la ciudad, en la zona de San Pedrito Peñuelas.
Desde los 15 años empezaron sus intentos de aprender a bailar danzón, pero “aún no he aprendido, porque cada lugar tiene su estilo y su sistema de baile diferente” y eso hace que busque la manera de preparase para bailar mejor. Así se mantiene activo.
“Lo hago exclusivamente por ejercicio, porque cuando uno cumple ciertos años lo primero que fallan son las piernas, así que hay que caminar, hay que hacer mucho ejercicio. Es una terapia, pero la gente grande ya no quiere, están con que ya me cansé y si no lo exige uno al cuerpo, es lo más perezoso que puede existir, al cuerpo hay que obligarlo a moverse o se vuelve más flojo de lo que es”, dice con sabiduría.
Su compañera de baile se mantiene cerca, mientras platican sentados en un escalón y se recuperan para regresar al salón donde continúa la música.
Flores Martínez le recomienda a sus conocidos moverse hoy, “aunque sea hay que ir a la zumba”, porque “el cuerpo es flojo, flojo, y si eso lo dejas que para mañana, pues menos te mueve y un día son 70 y tantos años y ya no te puedes mover, nomás te preguntas a dónde se fue mi juventud”.
Dice su compañera de baile que Francisco es el galán de la clase allá en San Pedrito Peñuelas. Él aclara que en realidad es el único hombre que acude a bailar a ese lugar, el otro es el maestro y entre los dos se deben repartir a las alumnas que acuden a la clase.
Mientras lo espera después del baile, la señora se ríe y lo desmiente “nos lo peleamos por él en la clase, es el galán, me lo quitan, nomás empezamos a bailar y ya me lo quieren quitar para que acompañe a otra”.
Francisco explica que aunque intenta ir seguido a la vieja estación, lo hace esporádicamente porque tiene otras cosas que hacer y porque su esposa no lo puede acompañar, así que debe ir con su compañera de clase.
Ella no quiere ni dar su nombre y nada más bromea sobre las cosas que dice su amigo, no quiere salir en fotos ni hablar de por qué le gusta bailar. “Es que no se quiere comprometer con todos los novios que tiene”, la justifica Francisco.
Con todos los años de experiencia en tomar este tipo de clases, él conoce varios ritmos, como el chachachá, el mambo, eldanzón, el rock and roll y el merengue. A veces cuando se anima hasta se avienta un reggaetón o esos ritmos modernos, porque casi todos los bailes son iguales, “al fin todos son como terapia”.
El baile se vuelve una “lucha titánica” para él a causa del Parkinson, porque “el cerebro, con su enfermedad, va condicionando los movimientos de los pies, del cuerpo, pero no entendemos, sobre todo los hombres, ya desde los 40 años dicen: noooo, yo qué voy a bailar, yo qué me voy a mover, no le gusta al hombre bailar, no le gusta cuidar su salud”.
Esa falta de cuidado hace que muy pocos hombres acudan a bailar, es más, que se animen a hacer ejercicio o a caminar. Estima que la actividad física es la principal razón por la que el Parkinson no le afecta tan fuerte como a otras personas.
En la vieja estación del ferrocarril se juntan entre 15 y 20 parejas. En el lugar predominan las mujeres, algunas van acompañadas y otras van con la esperanza de encontrar pareja ahí.
La mayoría de todos los asistentes va a practicar lo que aprende en otras clases de baile, porque en la vieja estación a veces les cambian el ritmo. No solo hay danzón. Las parejas ni se inmutan, bailan como saben y como se puede con la edad o con el cansancio.
“El chiste es moverse, no estar allá en la casa viendo la televisión”, señala otro hombre en lo que hace una pausa para regresar al baile.
Aunque muchos son mayores 50 años, les importa poco el ritmo que les pongan. Hasta se alegran cuando les ponen “música moderna”, porque “el danzón es para los viejitos” y ellos son jóvenes, “aunque sea de corazón”, aclara otra.
En el salón donde se hace “el bailongo” no les cobran y los encargados “son muy amables, el lugar es muy bonito”. A Francisco le recuerda cuando era muy niño y todavía había ferrocarriles.
“El ferrocarril me daba miedo cuando era niño, con todo el humo y todo el ruido. Yo soy del Distrito Federal, acá en Querétaro apenas tengo cinco años y todavía no acabo de conocer al estado, son muchos municipios, zonas muy olvidadas, muy alejadas, casi sin nada”, reconoce.
Se dedicó toda su vida a la farmacéutica y fue jefe en General Motors allá en el Distrito Federal. “Aproveché toda esa época” y eso le permite vivir sin problemas en Querétaro.
Acá hizo excelentes amigos, sobre todo con los bailes y eso le ayuda a estar de mejor humor para enfrentar la enfermedad de su esposa que sufre de osteoporosis. Ella no puede bailar. “Con trabajos camina, va como Chencha, despacio, despacio y no le gusta el baile”.
Muchos de los que asisten a la vieja estación dicen que los verdaderos profesionales del danzón están “allá en el jardín Zenea, ahí el baile es otro, son buenísimos para aguantar, pero el danzón no es para gente joven como nosotros”, bromean.
Algunas parejas aprovechan que están afuera para practicar un poco el danzón. Se acomodan. Posan. Se convencen de que así es como va y se regresan al salón.