Y cuando despertamos del sueño mundialista, el dinosaurio de la violencia seguía allí, como diría el buen Augusto Monterroso. El mundial nos brindó un espacio para mostrar un México distinto y también una pausa interna para soñarnos diferentes. Pero el espejo negro de Tezcatlipoca termina por imponerse y, como a Quetzalcóatl, nos obliga a contemplar la realidad que preferíamos no ver.
Cinco semanas en un paraíso de pasto verde y gradas llenas llegaron a su fin. Volvemos a todas las contradicciones políticas, económicas y sociales en las que no nos enfocamos porque, en esta especie de Navidad futbolera, queríamos sentirnos felices por un momento.
El primer aviso llegó con la matanza en Zacatecas, donde asesinaron a diez personas: dos funcionarios de Fresnillo, un exalcalde panista de Sombrerete y cinco cuerpos que aparecieron colgados de un puente. Fue el aviso abrupto de que el balón ya no rodaba.
Se informó que en junio hubo una reducción de homicidios, pero habrá que esperar los datos de julio y agosto para saber si se trató de una tendencia o de una excepción. La pregunta es si el Mundial coincidió con una pacificación real, con una tregua del crimen organizado, o si sólo fue la percepción momentánea de que éramos un país en paz.
También empezaron a surgir noticias como la de las Grutas de Cacahuamilpa, donde se ha revelado que el crimen organizado tiene intereses de control. Es una señal de que ese control busca también el cobro de piso, el manejo de accesos y otras actividades ilícitas.
Hay, además, un dato que no escuchamos mientras gritábamos gol: colectivos de búsqueda calcularon que, entre el 11 de junio y el 5 de julio, se registraron mil 200 nuevos casos de desaparición.
También regresó el escándalo político por el huachicol y la guerra política en Baja California: los audios que involucran a la gobernadora y la detención del primer gobernador panista, Ernesto Ruffo Appel, señalado por contrabando de combustible. A eso se suma la renegociación del T-MEC, otro frente que retomó fuerza apenas terminó la fiesta.
Y, para no olvidar, está el asesinato en Oaxaca del periodista Alejandro Leyva Aguilar, quien ya había denunciado amenazas por ser crítico del gobierno estatal. Con este caso suman siete los periodistas asesinados durante 2026, según el recuento de Artículo 19.
México vivió una pausa de percepción, pero en los ríos subterráneos la política siguió su curso. El crimen organizado continuó controlando territorios y actividades cotidianas, y el gobierno siguió administrando la crisis mientras discutíamos si había fuera de lugar de Messi o no. Termina la pausa mundialista. Creímos bajarle volumen a la violencia y le subimos a la televisión para gritar gol; el marcador se apagó, pero lo otro nunca dejó de correr.
Periodista y sociólogo. @viloja