Víctor López Jaramillo

La patria incómoda

Mafalda, en una de sus tiras cómicas clásicas, se preguntaba si no somos patriotas por comodidad. ¿Los turcos aman a Turquía sólo porque nacieron en Turquía? ¿Y los suecos aman a Suecia por la misma razón?

La pregunta de Quino ha envejecido bastante bien, porque el amor a un país no tendría por qué darse por hecho a través de un acta de nacimiento. Y así cada septiembre, cuando las calles se llenan de banderas tricolores y recordamos los héroes, heroínas y sus hazañas.

Es donde viene la dicotomía: unos exaltan el patrioterismo y por su parte, otros no celebran al ver una patria herida. Quizá la forma más adulta de querer un país consiste en negarse a confundirlo con los símbolos y con la ficción que se ha creado.

Cuestionar el patriotismo en septiembre no equivale a despreciar al país ni a ser un antipatriota. Ya le escribió el gran escritor José Emilio Pacheco en su poema Alta traición, donde abre precisamente con una declaración poéticamente provocadora que dice: “No amo a mi patria”.

Sin embargo, a través de esas líneas del poema, lo que nos lleva a decir que lo que rechaza esa patria es el fulgor abstracto. Sin embargo, hay personas, lugares, recuerdos por los que daría la vida. Y el poeta nos lleva a entender que eso, en realidad, la patria son esos lugares, son esas calles, son esas personas. Es algo más allá de la bandera que no pertenece ni a un partido político, ni a unos políticos.

Nadie puede decir “el pueblo soy yo” ni “la patria soy yo”. Todos lo somos, la construimos. Todos tenemos nuestra patria, que construimos de esos pequeños lugares, y es a lo que nos debemos. Ese fulgor abstracto quizá nos parezca inasible, inentendible, estatuas de bronce que el tiempo oxida.

Odiseo quería regresar a su Ítaca, y su Ítaca era regresar a estar con Penélope, con su hijo Telémaco y descansar en su isla. La patria es ese pequeño lugar que volvemos siempre, el corazón que construimos con los nuestros no es ese fulgor abstracto que los políticos nos quieren robar.

Quizá Mafalda tenía razón al desconfiar de ese patriotismo cómodo que viene incluido con el lugar de nacimiento. Amar un país tendría que exigir algo más que repetir sus símbolos una vez al año. También implica mirarlo sin indulgencia, reconocer lo que duele, lo que avergüenza y aquello que todavía falta por construir.

Pacheco desconfiaba de ese “fulgor abstracto”, pero encontraba la patria en ciertos lugares y en cierta gente. Odiseo pasó diez años intentando volver a Ítaca porque ahí estaban su casa, Penélope, Telémaco y la vida que reconocía como propia. Tal vez por eso la patria termina siendo algo mucho más cercano: lugares, las personas y, en el mexicanísimo caso, hasta la comida es patria.

Y entonces sí, cada septiembre podemos volver a gritar “¡Viva México!”. Pero quizá valga la pena preguntarnos primero qué México queremos que viva.

VLJ

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