Estados Unidos, finalmente, se quitó la máscara. Cayó el viejo libreto de la “América democrática” que exporta libertad, derechos y civilización. Hoy el mensaje es más crudo, más honesto, si se quiere: vamos por el petróleo. Ya no hace falta construir coartadas morales. Donald Trump lo dice sin rodeos y su secretario de Estado tampoco se molesta en disimular. El patio trasero existe y América Latina vuelve a ocupar ese lugar incómodo en el mapa del poder.
No siempre fue así de explícito. Cuando Washington invadió Irak, todavía se tomaba la molestia de fabricar un relato: armas de destrucción masiva, amenaza global, liberación de un pueblo oprimido. Nada de eso apareció. Saddam Hussein terminó en la horca y el país quedó atrapado en una espiral de inestabilidad que aún incendia a Medio Oriente. La democracia nunca llegó; el caos, sí.
Antes, en 1989, Estados Unidos ya había mostrado su disposición a intervenir sin demasiados escrúpulos cuando capturó al dictador panameño Manuel Noriega. La anécdota, sitiarlo con rock a todo volumen para forzarlo a salir de la embajada donde se refugiaba, quedó como una postal pintoresca de la guerra psicológica. Pero detrás del folclor estaba la misma lógica: cuando la hegemonía se siente amenazada, el uso de la fuerza deja de ser una excepción.
Hoy el tablero es distinto. El mundo ya no es unipolar, como lo fue tras la caída de la Unión Soviética. Tampoco es el viejo esquema bipolar de la Guerra Fría. Estamos frente a un orden fragmentado, con China consolidando su esfera de influencia económica y tecnológica, con Rusia e Irán disputando espacios, y con Estados Unidos tratando de recuperar territorios geopolíticos que descuidó durante décadas. América Latina, y particularmente Venezuela, reaparece como una pieza estratégica.
El interés no es sólo el petróleo, aunque Venezuela concentre una de las mayores reservas del planeta. También están los minerales estratégicos, fundamentales para la industria tecnológica y hoy vinculados a inversiones chinas. En esa ecuación, la libertad de los venezolanos ocupa un lugar secundario. El discurso de los derechos humanos funciona, cuando funciona, como envoltura retórica. El núcleo es otro: control territorial, control energético, control de cadenas productivas.
Lo revelador no es únicamente la operación en sí, sino el abandono de las formas. Durante décadas, Washington cuidó el lenguaje: hablaba de democracia, estabilidad, cooperación hemisférica. Hoy se habla abiertamente de backyard, de zona de influencia, de cerrar el paso a competidores. Occidente es nuestro, parece ser la consigna.
Ese sinceramiento no es una virtud moral; es un síntoma de declive relativo. Cuando una potencia pierde hegemonía, suele recurrir a mecanismos más duros para sostener su influencia. Menos diplomacia, más presión.
Periodista y sociólogo. @viloja