A veces hay fiestas a las que es mejor no ser invitado. La cumbre “Escudo de las Américas” que Donald Trump organizó este 7 de marzo en Florida es una de ellas porque al final de cuentas fue una reunión pensada para la fotografía: mandatarios amigos de derecha, discurso de mano dura contra cárteles y una escenografía cómoda para un presidente que necesita exhibir control porque en Medio Oriente enfrenta una guerra de desgaste con Irán con costos políticos crecientes en casa.
La ausencia de Claudia Sheinbaum puede leerse como desaire sólo si se acepta el libreto de Trump y de la oposición mexicana. Pero, como siempre, la exclusión habla más del anfitrión que de la no invitada. Si la intención hubiera sido construir una política hemisférica seria, México era indispensable por frontera, comercio, migración y seguridad. Trump prefirió otra cosa: una mesa sin disensos relevantes y sin voces que introdujeran la incómoda palabra soberanía. También por eso quedaron fuera Lula y Petro. La cumbre ganó disciplina escénica, pero perdió representatividad.
Trump sí obtuvo algo con este nuevo Club de Toby ideológico: una imagen de mando regional en un momento en que la necesita con urgencia. “Escudo de las Américas” nace desde la necesidad de fabricar una postal de autoridad para cambiar de escenario y mover el reflector: deja por unas horas la guerra y los mensajes contradictorios que han rodeado la escalada con Irán, para volver a un terreno donde su discurso todavía le funciona ante su base electoral: el de la frontera, los cárteles y la promesa de orden.
Y más allá del exabrupto del folclorismo trumpiano que dijo que no iba a aprender español, que condensa muy bien el espíritu sumiso de la reunión, el problema de fondo está en hacia qué dirección va este nuevo pacto. Trump ya ha vaciado de relevancia a organismos multilaterales como la ONU, “Escudo de las Américas” parece diseñado para enterrar la Cumbre de las Américas y reemplazarla por un foro donde sólo entran los afines y las reglas las pone Washington.
Pero volviendo a México, el problema de fondo no está en la invitación que no llegó, sino en la presión que seguirá creciendo después de la foto. Trump intentará vender que ya alineó al continente detrás de su estrategia de seguridad, aunque para hacerlo haya tenido que dejar fuera a tres de sus principales interlocutores regionales. Esa contradicción revela el límite del montaje. Una cosa es juntar aliados cómodos en un salón de Florida. Otra muy distinta es construir legitimidad continental. Lo primero ya lo consiguió. Lo segundo sigue sin aparecer.
Este lunes, la presidenta respondió lacónicamente que, si EU quiere que México deje de ser el epicentro de la violencia, que el gobierno del vecino del norte coopere evitando que se vendan armas al crimen organizado. A ver cómo responden en Florida, que de nuevo enfocaron sus baterías en Medio Oriente.
Periodista y sociólogo. @viloja