La crisis no comenzó en Jofrito ni en la Versolilla la semana pasada; es un conflicto que lleva años en gestación. Querétaro presume parques industriales, centros de datos, inversión extranjera y crecimiento acelerado, pero bastó que unas comunidades de Santa Rosa Jáuregui se quedaran sin agua para paralizar durante 27 horas la principal vía del país.
El bloqueo en Jofrito no fue un accidente político aislado. Es el síntoma más visible de una tensión que lleva años acumulada y que ahora comenzó a emerger en la superficie social y política del estado.
Durante mucho tiempo, Querétaro construyó una narrativa de eficiencia, orden y crecimiento. El “milagro queretano” se apoyó en la expansión industrial, inmobiliaria y logística. Ningún discurso económico, sin embargo, puede escapar indefinidamente a la realidad física de los acuíferos.
La propia Comisión Estatal de Aguas tuvo que reconocerlo. El vocal ejecutivo de la CEA, Luis Alberto Vega Ricoy, admitió que el pozo de La Versolilla presenta agotamiento progresivo. Una frase de Vega Ricoy lo resume: “Los pozos no son para siempre”.
Ahí está el núcleo del conflicto.
Mientras el gobierno insiste en soluciones técnicas y señala “intereses ajenos” detrás de la protesta, las comunidades hablan desde otra lógica: la de meses entre pipas, tandeos y llaves secas. Cuando una familia pasa semanas sin agua, el conflicto deja de ser administrativo y se convierte en desesperación cotidiana.
En 2022, el gobierno estatal desplegó un operativo policial contra las protestas por la Ley de Aguas en avenida 5 de Febrero. La escena quedó grabada: ciudadanos que exigían agua frente a la CEA y policías antimotines que los derribaban sobre el pavimento. Años después, la Defensoría de los Derechos Humanos concluyó que hubo violaciones a derechos fundamentales durante aquel operativo.
Desde entonces, los conflictos se multiplicaron. Santiago Mexquititlán protagonizó protestas por desabasto. Comunidades de Santa Rosa Jáuregui denunciaron dependencia de pipas. El agua dejó de ser un asunto técnico para volverse un problema político.
Y, mientras eso ocurre, Querétaro mantiene un modelo de crecimiento que exige cada vez más recursos hídricos.
Los data centers representan la contradicción más evidente. El estado busca consolidarse como polo tecnológico mientras especialistas y organizaciones advierten sobre el enorme consumo energético y de agua que requieren esos complejos. El debate ya no es sobre cuánta inversión llegará, sino sobre quién tendrá prioridad en el acceso al agua dentro de algunos años.
Esa es la pregunta incómoda que el bloqueo de la 57 dejó expuesta. Que varias comunidades carezcan hoy de agua es el síntoma más inmediato. Lo que ese síntoma revela es más grave: Querétaro empieza a chocar con los límites físicos de su propio modelo de crecimiento.
La carretera volvió a abrirse tras 27 horas. La crisis que la detuvo sigue ahí.
Periodista y sociólogo. @viloja