¿Se puede hablar de soberanía cuando la relación entre dos países es militar y económicamente asimétrica, incide en lo político, mantiene una interdependencia económica inevitable y, además, se influye culturalmente desde hace más de dos siglos?
¿Puede México hablar de soberanía frente a Estados Unidos sin que aparezca, inevitablemente, la Doctrina Monroe y la sombra de la invasión de 1847 (que incluso algunos norteamericanos de la época consideraron como injusta)?
¿Podemos hablar de soberanía cuando Estados Unidos considera a toda América Latina su patio trasero (backyard, en inglés) que les permite aplicar la política del Gran Garrote (Big Stick, es decir, usar palabras suaves como mafioso, pero apuntando a la cabeza con una pistola) de acuerdo con sus intereses?
La pregunta no es retórica sólo en términos históricos, sino vigente en el escenario internacional actual. Así, Querétaro ha sido testigo de un nuevo discurso simbólico de la presidenta Claudia Sheinbaum que durante la conmemoración del aniversario de la Constitución en el Teatro de la República rebasó el simbolismo jurídico para llevarlo a lo político.
Querétaro se ha significado como la escenografía para enviar mensajes políticos e incluso destapes presidenciales durante la era priista, pero ahora el mensaje tiene una carga internacional por la coyuntura y las presiones que el presidente Trump hace no sólo a México, sino a sus aliados de la Unión Europea, China y Medio Oriente.
Lo que hizo la presidenta fue un posicionamiento político pronunciado desde el recinto donde se promulgó la Constitución de 1917, el mismo documento que convirtió la soberanía nacional en uno de los pilares del Estado mexicano moderno. Y lo hizo respaldada por el gobernador Mauricio Kuri.
Pero ojo, la discusión sobre soberanía aparece en un momento incómodo. Las materias primas son el eje de una nueva reconfiguración política. Además del petróleo, como lo fue en el naciente siglo XX, ahora son los minerales raros necesarios para la industria tecnológica lo que ha desatado la carrera de los imperios por tener acceso a ellos. Y, nuevamente, parafraseando, al poeta Ramón López Velarde, el diablo nos dio los veneros del litio.
Trump quiere el control de minerales estratégicos que hoy definen la economía global: litio, tierras raras, cobre. Washington quiere cadenas de suministro cortas, cercanas y políticamente confiables. México debe escoger participar bajo reglas ajenas o intentar disputar condiciones en una relación donde el margen de maniobra siempre es limitado. A eso hay que sumarle las amenazas que hizo desde el inicio de su administración de entrar a suelo mexicano a destruir a los cárteles al estilo Pershing contra Pancho Villa.
Ahí es donde la soberanía deja de ser una palabra cómoda y empieza a incomodar. La presidenta tiene que decidir si la soberanía es discurso, acción o margen de negociación… como en los Acuerdos de Bucareli.
Periodista y sociólogo. @viloja

