Por primera vez, el examen de ingreso a licenciatura de la Maxima casa de estudio del país, se realizó completamente en línea. Participaron más de 158 mil aspirantes y 21 mil obtuvieron un lugar. La UNAM utilizó inteligencia artificial para monitorear la aplicación, detectar comportamientos atípicos y generar alertas que posteriormente debían ser revisadas.
La Universidad reprobó, no consiguió resolver el problema más antiguo de cualquier examen: garantizar que todos compitan bajo las mismas reglas.
Los datos eran muy difíciles de ignorar, en la carrera de Medicina, por ejemplo, quienes obtuvieron 100 aciertos o más pasaron del 9% en 2025 a 29.7% en 2026. En Derecho, de 3.7% a 18.9%; en Actuaría, de 9.7% a 30.4%. Y con ello los puntajes mínimos para conseguir un lugar también aumentaron de forma atípica. Y aunque los resultados por si solos no son una prueba automática de fraude, son una anomalía suficientemente grande cuestionar el proceso.
Como medida inmediata la UNAM suspendió provisionalmente las inscripciones y creó una comisión técnica para revisar el procedimiento y los resultados.
Durante años hemos asumido que digitalizar un proceso significa hacerlo más eficiente, transparente y seguro. Pero digitalizar no elimina los problemas humanos. Una cámara puede vigilar un escritorio. Un algoritmo puede detectar movimientos extraños. Un sistema puede bloquear aplicaciones. Pero ninguna tecnología puede garantizar por sí sola la honestidad de quien está frente a ella.
Alrededor de este tema también existe una dimensión social que no deberíamos perder de vista. Para miles de jóvenes, ingresar a la UNAM no representa simplemente conseguir un lugar en una universidad prestigiosa. Es la posibilidad de familias enteras de mejorar su calidad de vida. Por eso una irregularidad en el examen no es un detalle administrativo. Puede significar que alguien que estudió durante meses pierda esa oportunidad que difícilmente podrá recuperar.
Y aunque no existen respuestas sencillas ante lo que debería de hacer en consecuencia la Universidad, pues cualquier decisión podría consecuencias jurídicas y humanas, hay una cuestión todavía más incómoda.
En México el fraude se presume, el “agandalle” se celebra y cumplir las reglas puede parecer, en ocasiones, una desventaja frente a quien encuentra la manera de burlarlas.
El problema, entonces, no comenzó con la inteligencia artificial, esta simplemente hizo visible una discusión que ya estaba ahí.
Una universidad no solo selecciona estudiantes por sus conocimientos. También transmite una idea sobre la sociedad que quiere formar. Si el mensaje termina siendo que el esfuerzo importa menos que la capacidad de burlar al sistema, habremos perdido mucho más que la confianza en un examen.
La UNAM tiene ahora una oportunidad difícil pero muy importante: no solamente determinar qué ocurrió, sino demostrar que las instituciones todavía pueden corregir sus propios errores, proteger a quienes cumplieron las reglas y utilizar la tecnología sin convertirla en sustituto del criterio humano.