Rubén Galicia

Mas allá del T-MEC

El anuncio del traslado de la producción de la Toyota Tacoma desde Tijuana hacia Estados Unidos fue presumido por el presidente Donald Trump como una victoria de su política arancelaria. La conclusión inmediata es el debilitamiento del T-MEC y la fuga de inversiones. Sin embargo, también caben un par de reflexiones que vale la pena poner sobre la mesa.

Durante más de treinta años México apostó gran parte de su desarrollo económico a la integración con Norteamérica. Y, en algunos sentidos, esa apuesta funcionó. Desde el TLCAN en 1994, las exportaciones mexicanas crecieron cerca de diez veces y el país se convirtió en el principal socio comercial de Estados Unidos. Se desarrollaron industrias completas, llegaron inversiones históricas y regiones enteras transformaron su vocación económica.

Pero el comercio exterior no se tradujo de igual manera en ingresos, países como Corea del Sur, China o Canadá registraron incrementos mucho mayores en su PIB per cápita sin depender de un solo tratado comercial ni de un único mercado de exportación.

El problema no fue el TLCAN y tampoco parece serlo el T-MEC.

El problema fue asumir que una política comercial podía sustituir una política industrial. Se dio por hecho que la llegada de inversiones produciría, casi de manera automática, innovación, transferencia tecnológica, desarrollo de proveedores nacionales, investigación científica y empresas mexicanas capaces de competir globalmente.

La realidad es que seguimos dependiendo de tecnologías extranjeras. Invertimos poco en investigación y desarrollo. Formamos menos ingenieros especializados de los que demandan las industrias. Descuidamos infraestructura energética, logística e hídrica. Y, mientras el mundo acelera su transición a la inteligencia artificial y las manufacturas avanzadas, México parece seguir en eternas discusiones y rencores con su pasado.

Por eso quizá la decisión de Toyota no sea únicamente una consecuencia de los aranceles. Es también un recordatorio de que las empresas hacen exactamente lo que se espera de ellas, producir donde existen mejores condiciones para competir. No toman decisiones por patriotismo. Las toman con base en productividad, costos, seguridad jurídica, disponibilidad de talento, infraestructura, energía y estabilidad institucional.

La pregunta incomoda es por qué debería decidir quedarse. ¿Puede México ofrecer el mejor talento especializado? ¿Puede garantizar electricidad suficiente? ¿Puede ofrecer cadenas de proveeduría? ¿Puede garantizar un Estado de derecho? ¿Puede convertirse en líder en inteligencia artificial, manufactura avanzada o desarrollo de semiconductores?

Ahí se jugará la siguiente etapa de la competitividad. Los tratados comerciales seguirán siendo importantes. Pero han dejado de ser suficientes.

Los acuerdos comerciales abren puertas, pero no sustituyen la tarea de construir capacidades nacionales. Durante tres décadas México compitió gracias a su geografía. Las próximas tres tendrá que hacerlo gracias a su talento, sus instituciones y su capacidad para innovar. Porque ningún tratado, por exitoso que sea, puede reemplazar una estrategia de desarrollo propia.

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