Durante décadas discutimos sobre la propiedad de los recursos como el petróleo, el agua, los minerales o de los espectros radioeléctricos. Hoy comienza a surgir una pregunta distinta, más compleja y probablemente más trascendente: ¿de quién es la inteligencia artificial?
La pregunta parece extraña porque estamos acostumbrados a pensar la IA como una innovación de los laboratorios de Silicon Valley. Como si hubiera aparecido espontáneamente.
La inteligencia artificial no surgió de la nada. Los modelos que hoy escriben textos, generan imágenes, producen código o responden preguntas fueron entrenados con algo mucho más valioso que servidores y chips: fueron entrenados con el conocimiento acumulado de la humanidad. Libros, investigaciones científicas, periódicos, fotografías, obras de arte, canciones, conversaciones, programas informáticos y millones de contribuciones realizadas durante generaciones por personas que jamás participaron en las decisiones de estas empresas.
La pregunta entonces deja de ser tecnológica para convertirse en política. Si la inteligencia artificial se construyó sobre una base de conocimiento colectivo, ¿quién debería beneficiarse de la riqueza que generará?
Esa es precisamente la discusión que ha puesto sobre la mesa el senador estadounidense Bernie Sanders con una propuesta que hace apenas unos años habría parecido de ciencia ficción. La iniciativa plantea la creación de un Fondo Soberano de Riqueza en Inteligencia Artificial, mediante el cual el Estado estadounidense adquiriría participaciones accionarias en las grandes compañías del sector para que parte de los beneficios futuros regresen directamente a la sociedad.
La propuesta seguramente encontrará resistencia. Habrá quienes la consideren una forma de intervención excesiva del Estado. Otros advertirán sobre los riesgos de que los gobiernos tengan capacidad de influencia dentro de empresas privadas. Son objeciones legítimas.
Sin embargo, más allá de la viabilidad de la iniciativa, lo verdaderamente interesante es el debate que inaugura. México haría bien en observar esta discusión con atención.
Casi siempre nuestros debates legislativos llegan cuando las transformaciones ya ocurrieron. Regulamos plataformas digitales cuando ya dominaban el mercado. Discutimos comercio electrónico cuando el comercio electrónico ya era una realidad. Hablamos de datos cuando los datos ya habían sido capturados.
Los debates del futuro ya comenzaron. La propuesta de Bernie Sanders es una muestra de ello. Puede gustar o no. Puede ser viable o no. Pero tiene el mérito de obligarnos a pensar en preguntas incómodas que tarde o temprano llegarán. Si la inteligencia artificial fue construida con el conocimiento de millones de personas, ¿sus beneficios deben quedar en manos de unos cuantos o convertirse en una nueva forma de prosperidad compartida? Esa discusión apenas empieza. Y, como ocurre con casi todos los grandes cambios tecnológicos, probablemente lleguemos tarde si esperamos a que la respuesta sea evidente.