El Super Bowl suele presentarse como un ritual cívico estadounidense: espectáculo, consumo, patriotismo y deporte. Por eso, el show de medio tiempo de este fin de semana provocó tanto ruido. Bad Bunny ocupó el centro del escenario más “americano” que existe. Para algunos, fue un acto de activismo cultural; para otros, una provocación.
La lectura inmediata fue de un acto de rebeldía, una afirmación identitaria, una grieta en el relato anglosajón. Un latino, cantando en español frente a millones de espectadores. Pero el análisis puede ir mucho más allá.
La realidad es que Bad Bunny funciona también como una versión contemporánea del colonialismo cultural, perfectamente funcional al orden que aparenta incomodar. Es el juglar exótico, cuidadosamente integrado, autorizado a “diferir” siempre que esa diferencia sea rentable, controlada y, en última instancia, inocua. La rebeldía que no desestabiliza, sino que decora. La disidencia que cabe en el presupuesto de marketing.
El sistema necesita rebeldes visibles para legitimarse como plural. Necesita voces que parezcan cuestionarlo sin ponerlo realmente en riesgo. En el propio show vimos varias pistas. La primera imagen fue el logo de Apple: la manzana, símbolo casi perfecto del liberalismo tecnológico progresista, globalista y “cool”. Un emblema que promete diversidad, innovación y conciencia social.
Sin embargo, es importante tener presente que esto no invalida todo lo demás. Sería un error pensarlo asi. Porque, marketing o no, hay hechos que importan. Bad Bunny es el primer artista en cantar en español en el medio tiempo del evento deportivo más visto de Estados Unidos. La enumeración de países, la presencia de banderas y la reapropiación explícita del término “América” fueron gestos potentes.
La paradoja de los rebeldes no es nueva. Desde el rock hasta el hip hop, desde el cine independiente hasta el arte urbano, los movimientos culturales críticos han coexistido dentro de los mismos sistemas que cuestionan. El dilema no es si eso los invalida, sino qué hacemos nosotros con esos mensajes.
El riesgo está en delegar el activismo. En consumir la rebeldía ajena como sustituto de la propia. En confundir representación con transformación. Bad Bunny puede cantar en español ante millones, pero ninguna canción reemplaza la organización política, la movilización social o la defensa cotidiana de derechos. El espectáculo puede abrir conversaciones, pero no puede cerrarlas por nosotros.
Tal vez ahí esté la lectura más honesta. No se trata de decidir si Bad Bunny es héroe o engrane. Es ambas cosas a la vez, como casi todo en la cultura contemporánea. Un símbolo ambivalente de un sistema que permite ciertas transgresiones para perpetuarse, pero que también deja escapar mensajes que resuenan más allá de su intención original.
Al final, para quienes encuentran en sus letras y presentaciones una causa, eso puede ser suficiente como punto de partida. Inspirar no es poco. Pero el activismo real empieza cuando el aplauso termina, cuando se apagan las luces del estadio y la responsabilidad deja de estar en el escenario para volver a las y los ciudadanos de pie.
@RubenGaliciaB

