El anuncio del arranque de la planta QSM en El Marqués, Querétaro, fue más que una buena noticia local. Sin duda, la inversión y los empleos que generará son positivos, pero el tema nos invita a una conversación más profunda.

Los semiconductores están definiendo el mundo en que vivimos. Detrás de cada smartphone, de cada nuevo vehículo, de cada centro de datos, hay millones de chip’s que los hacen posibles; Son la infraestructura detrás del poder económico y militar contemporáneo. Y por eso están en el centro de una batalla geopolítica sin precedentes.

The New York Times público recientemente sobre el riesgo que implica para Estados Unidos su dependencia de los chips fabricados por TSMC (principal empresa taiwanesa de semiconductores) sin ellos, su economía podría caer hasta 11%. Gobiernos de todos los países tienen fuertes estrategias al respecto, India acaba de aprobar 15 mil millones de dólares para impulsar tres nuevas plantas de chips, Washington moviliza subsidios multimillonarios bajo el CHIPS Act y China financia fuertemente a la empresa Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC). No es exagerado decir que los chips son el oro del siglo XXI, con la diferencia de que su cadena de valor es infinitamente más compleja. Es, probablemente, la industria más compleja, frágil y disputada del mundo.

Para profundizar en este tema, vale especialmente la pena leer La Guerra de los Chips, de Chris Miller. El libro explica con claridad cómo los semiconductores se convirtieron en el epicentro de la rivalidad entre Estados Unidos y China, y por qué el país que logre dominar esta industria tendrá una ventaja estratégica, política, económica y militar, decisiva en el siglo XXI.

En ese contexto, que Querétaro avance con QSM es relevante y aunque este esfuerzo no coloca a México en top global, sí abre una puerta necesaria. Querétaro ya lleva la delantera nacional, sin embargo, la pregunta de fondo es si el país está haciendo lo necesario para competir en esta arena: inversión sostenida, política industrial coherente, coordinación entre universidades y empresas, infraestructura energética confiable y, sobre todo, seguridad y estado de derecho.

Lamentablemente, mientras el mundo reconfigura sus cadenas de suministro y compite por dominar la próxima generación tecnológica, México atraviesa momentos de violencia que parecen estar lejos de terminar. Pero noticias como la de QSM nos invitan a pensar en grande. Los gobiernos deben preguntarse qué lugar queremos ocupar en la economía global. Si aspiramos a ser solo ensambladores o a construir capacidades propias en diseño, materiales, manufactura avanzada y talento especializado.

Los semiconductores son el lenguaje del poder contemporáneo. La pregunta es si México quiere aprenderlo o resignarse a traducirlo. Para hacerlo, necesitará algo que muchas veces es más escaso que el capital: visión de Estado. Y esa visión compite hoy con una realidad que consume recursos, atención y legitimidad. Entre la urgencia de la seguridad y la estrategia del desarrollo tecnológico se juega, el futuro económico del país.

@RubenGaliciaB

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