La inteligencia artificial sigue cambiando las reglas del poder. La reciente determinación del gobierno de Estados Unidos de designar a Anthropic (una de las compañías más avanzadas en modelos de IA) como “riesgo en la cadena de suministro” revela hasta qué punto la tecnología se ha convertido en un instrumento central de la geopolítica actual.
El economista y premio Nobel Daron Acemoglu ha retomado este episodio para ilustrar cómo la inteligencia artificial ha pasado del terreno académico y económico a ocupar un lugar estratégico en el ámbito militar y en la disputa por el poder global.
El dato más inquietante es que, mientras se castiga a Anthropic por resistirse a ciertos usos militares, otras empresas han optado por alinearse. Sam Altman, de OpenAI, firmó rápidamente acuerdos con el Pentágono. La presión no solo erosiona la autonomía empresarial; también envía una señal sobre quién define los límites éticos de la IA.
Estamos ante una reconfiguración global. Las empresas que desarrollan inteligencia artificial concentran recursos, influencia y capacidad de impacto muy superiores a los de muchos países. Cuando un modelo como Claude puede ser desplegado en contextos militares, la frontera entre corporación y poder soberano se difumina. La pregunta deja de ser tecnológica y se vuelve política: ¿quién manda más, un presidente o un CEO de Silicon Valley?
El choque Trump–Anthropic expone un vacío de soberanía digital. Si las reglas se negocian entre ejecutivos y agencias de defensa, y no en el Congreso, la democracia enfrenta un dilema. Para países menos desarrollados la lección es más cruda: sin soberanía tecnológica, no hay autonomía política.
México está frente a esa realidad. No contamos con empresas nacionales relevantes en el desarrollo de inteligencia artificial avanzada. El estudio “Inteligencia artificial en México: de la promesa al impacto económico”, del Centro México Digital, revela que apenas 8% de las empresas mexicanas utiliza IA, frente a un promedio de 20% en la OCDE. El rezago según el estudio responde a seis frenos identificados: ausencia de estrategia nacional, infraestructura insuficiente, brechas de talento, escasa inversión en I+D, limitaciones de datos y debilidades en seguridad digital.
Una política centrada únicamente en limitar o regular lo que otros desarrollan nos coloca en una posición reactiva. Regular sin desarrollar es, en el fondo, administrar la dependencia. La verdadera soberanía digital exige equilibrar reglas claras con inversión, talento y una estrategia industrial propia.
La discusión sobre inteligencia artificial ya no puede quedarse en seminarios, lineamientos éticos o foros académicos. El verdadero desafío es construir capacidades propias: formar talento, financiar investigación, incentivar empresas nacionales y articular una estrategia de Estado que trascienda sexenios. La soberanía tecnológica no se decreta, se desarrolla.
@RubenGaliciaB