El día de ayer el Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO) presento su más reciente trabajo, el Índice de Competitividad Regional. A la maestra Valeria Moy y al equipo del IMCO hay que felicitarlos no solo por la calidad técnica del documento, sino por el giro conceptual que proponen.
Tradicionalmente, los índices comparaban a las entidades como si compitieran en solitario, cuando en la práctica los mercados laborales, las cadenas de proveeduría, la infraestructura logística, los servicios urbanos y hasta la seguridad funcionan como redes interconectadas.
Uno de los aportes más relevantes del índice es la noción del “costo de frontera” interno. Cuando los estados no se coordinan, cuando duplican trámites, compiten fiscalmente sin estrategia o no alinean políticas públicas, se generan barreras invisibles que encarecen la operación económica, reducen eficiencia y limitan el potencial de crecimiento. La competitividad funciona en red: una mejora aislada no garantiza desarrollo si el entorno regional presenta rezagos y el deterioro en un solo nodo puede rezagar a toda la región.
El caso del Bajío resulta especialmente ilustrativo. Integrada por Aguascalientes, Colima, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nayarit y Querétaro, esta región ha sido presentada durante años como uno de los motores industriales del país. El índice confirma parte de esa narrativa: el Bajío obtiene buenos puntajes en edad promedio de la población, acceso a servicios públicos como agua entubada, menores niveles de asaltos en carreteras en comparación con otras regiones y un desempeño relativamente favorable en el indicador de personas con ingresos por debajo de la línea de bienestar.
Sin embargo, el nuevo índice también pone sobre la mesa las fracturas que suelen pasar por desapercibidas, la región presenta bajos puntajes en cobertura escolar y productividad laboral, mientras entidades como Querétaro, Guanajuato y Jalisco se acercan a la media regional, Michoacán mantiene rezagos importantes en cobertura escolar, lo que termina afectando al conjunto.
Algo similar ocurre con variables como la Inversión Extranjera Directa y la inversión en infraestructura hídrica. Los puntajes dispares no necesariamente reflejan falta de potencial, sino prioridades desalineadas entre estados con vocaciones económicas distintas. Mientras algunos apuestan por manufactura avanzada, otros siguen dependiendo de sectores primarios o de servicios con menor valor agregado. Sin coordinación regional, estas diferencias se convierten en cuellos de botella.
Para Querétaro, el índice ofrece una doble lectura. Por un lado, confirma fortalezas conocidas: capital humano, infraestructura y una posición estratégica dentro del corredor. Por otro, deja claro que ningún estado puede sostener su competitividad si la región que lo rodea se rezaga.
La principal lección: si la competitividad es regional, entonces las soluciones también deben serlo.
El índice del IMCO nos invita a repensar cómo se diseña el desarrollo económico en México, en un país de regiones profundamente interdependientes, competir mejor ya no significa correr más rápido que el vecino, sino aprender a avanzar juntos.
@RubenGaliciaB

