Hace unos días, la empresa de inteligencia artificial Anthropic publicó uno de los análisis más interesantes sobre el impacto real de la IA en el mercado laboral. A diferencia de otros trabajos, este estudio cruza datos concretos de uso de IA con información laboral.

Por ahora, el informe no muestra una desaparición masiva de empleos, pero sí una señal de atención: se muestra una muy clara disminución en la contratación de perfiles jóvenes en los sectores donde la IA avanza más rápido (programación, atención al cliente, entrada de datos, registros médicos, marketing digital y análisis financiero). Entre los jóvenes de 22 a 25 años, la entrada a nuevos empleos en estas áreas ha caído cerca de 14% respecto a 2022, lo que podría anticipar un cambio estructural en el acceso al mercado laboral.

En México, esta conversación adquiere una relevancia particular. Coincide con el debate sobre la reforma para reducir la jornada laboral a 40 horas semanales: una discusión legítima y necesaria, pero que no toma en cuenta la irrupción de la inteligencia artificial y sus impactos en el futuro del trabajo. Regular la jornada laboral sin considerar el impacto de la automatización puede volver esta reforma rápidamente obsoleta frente a una transformación tecnológica que ya está redefiniendo la relación entre productividad y empleo.

Hace poco más de un siglo y medio, en las economías industrializadas era normal trabajar más de 3,000 horas al año, lo que equivalía a jornadas de 60 o incluso 70 horas semanales. Hoy el promedio en muchos países desarrollados está entre 1,500 y 1,700 horas anuales. En Francia, por ejemplo, las horas trabajadas pasaron de alrededor de 3,100 al año en el siglo XIX a cerca de 1,400 en la actualidad, en Mexico son alrededor de 2,193.

Detrás de esas cifras se encuentran conquistas laborales hoy damos por sentadas: la jornada de ocho horas, los días de descanso, las vacaciones pagadas o la jubilación. Cada una de ellas fue, en su momento, una respuesta social a la realidad del mercado laboral de ese momento.

Esas formas de trabajar vinieron acompañadas de transformaciones igualmente profundas. La educación se adaptó, la esperanza de vida aumentó y la jubilación se convirtió en una etapa significativa de la vida.

Visto desde esta perspectiva, la historia del progreso humano puede leerse como la conquista del tiempo no trabajado. Un tiempo que ahora se distribuye en educación, descanso, ocio, vida familiar y actividades culturales.

Si esa tendencia continúa, la pregunta central para nuestras sociedades ya no será cuántas horas debemos trabajar para producir lo suficiente.

La verdadera pregunta será qué haremos con el tiempo que logramos liberar.

La cuestión más importante es si seremos capaces de construir instituciones, sistemas educativos y acuerdos sociales capaces de acompañar una transformación que ya está en marcha. El verdadero desafío del futuro del trabajo podría no ser la escasez de empleo, sino aprender a vivir en una sociedad donde el trabajo deje de ocupar el centro de la vida económica y social.

@RubenGaliciaB

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