En días recientes, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico publicó su ranking de desempleo, y México apareció como el país con la tasa más baja (2.6%) entre sus miembros. La noticia fue celebrada por la presidenta Claudia Sheinbaum como un indicador del buen momento del mercado laboral. A primera vista, parecería una señal positiva de fortaleza económica.

Pero conviene detenerse y analizar con mayor detalle los datos. La tasa de desocupación que reporta la OCDE sigue estándares internacionales: mide a quienes buscan activamente empleo y no lo encuentran. En ese marco, alguien que trabaja una hora a la semana, sin salario fijo o en condiciones precarias, cuenta como “ocupado”. También lo hacen millones de personas en la informalidad. Es una métrica útil para comparar países, sí, pero limitada para capturar la complejidad del mercado laboral mexicano.

El dato central no está en la tasa de desempleo, sino en la calidad del empleo.

En México, cerca del 55% de la población ocupada trabaja en la informalidad. Es decir, más de la mitad de los trabajadores no tiene acceso a seguridad social, pensión o estabilidad laboral. Los 22.6 millones de empleos formales registrados ante el IMSS son apenas una fracción del total de la fuerza trabajadora mexicana. El resto sobrevive en una economía donde el ingreso es incierto y la protección social, inexistente.

Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía profundizan esta paradoja. Alrededor del 38% de los trabajadores se encuentra en condiciones críticas de ocupación y casi la mitad gana un salario mínimo o menos. Más aún: la proporción de personas que perciben un salario mínimo ha crecido hasta representar cerca del 45% de la población ocupada.

Hablar de “bajo desempleo” puede ser técnicamente correcto, pero analíticamente insuficiente. El problema no es la falta de trabajo, sino el aumento de trabajos de baja productividad, bajos ingresos y alta vulnerabilidad.

La situación se vuelve aún más compleja cuando se observan sectores clave de nuestra economía. De acuerdo con la Encuesta Mensual de la Industria Manufacturera, el empleo en este sector cayó 2% en 2025, acumulando tres años consecutivos de retrocesos, incluso en los segmentos más dinámicos de la economía, el empleo muestra señales de debilitamiento.

Entonces, ¿es una buena noticia el ranking de la OCDE?

Sí y no. Es útil como referencia internacional, pero peligroso si se interpreta de manera aislada. Porque puede generar la ilusión de un mercado laboral saludable cuando, en realidad, lo que existe es una alta ocupación sostenida por precariedad estructural.

La discusión, en el fondo, no es estadística sino política. El dato de la OCDE no debería ser un punto de llegada, sino un punto de partida. Un recordatorio de que medir es importante, pero transformar lo es aún más.

En economía, como en política, lo que no se mide bien, se gobierna peor. Y lo que se celebra sin matices, rara vez se corrige.

@RubenGaliciaB

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