En los últimos días, el tema más comentado ha sido, sin duda, la detención de Nicolás Maduro y las implicaciones geopolíticas que un hecho así tiene y seguirá teniendo. Más allá del acontecimiento en sí, hay un debate que considero importante abordar: los factores que hoy determinan el poder, la estabilidad y el rumbo global. No se trata únicamente de ideologías, ni siquiera de líderes. Se trata de tres elementos que han moldeado civilizaciones enteras y que hoy regresan al centro del tablero: agua, energía e información.
Estos factores no son nuevos. En innumerables conflictos a lo largo de la historia, la información estratégica inclinó la balanza de guerras enteras, muchas veces con un objetivo central: el control de los abastecimientos de agua. Información y agua. A ello se sumó siempre el dominio de las fuentes de energía disponibles y del conocimiento técnico para explotarlas. Quien entendió antes cómo convertir recursos en poder productivo y militar avanzó; quien no, quedó rezagado. El mundo contemporáneo no es distinto: solo han cambiado la escala y la velocidad.
Venezuela encaja con precisión en esta lógica. El conflicto que la rodea suele explicarse en clave política o ideológica, pero basta ir un poco más profundo para identificar los intereses estructurales que lo atraviesan.
En el tablero energético global, las cifras hablan por sí solas. Estados Unidos concentra alrededor del 19 % del consumo mundial de crudo y produce cerca del 21 % del total, seguido a distancia por Arabia Saudita y Rusia. China consume un volumen similar al estadounidense y se ha convertido en el principal comprador del petróleo venezolano. Esto no siempre fue así. Washington fue durante años el mayor cliente de Caracas, hasta que, en 2019, durante el primer gobierno de Donald Trump, se impusieron sanciones a Petróleos de Venezuela. Las compras se reanudaron parcialmente en 2023, pero el mercado ya se había desplazado hacia Asia.
Y, como ocurre con cada gran evento geopolítico, se activa una cadena de efectos ya conocidos: aumenta la incertidumbre, sube la volatilidad, se eleva la prima de riesgo y los inversionistas se vuelven defensivos. A corto plazo, eso suele castigar a los mercados. Si además se trata de petróleo, la energía se encarece, la inflación se complica y los bancos centrales endurecen su política monetaria.
Para México, las implicaciones pueden ser aún más directas. Un reacomodo del sector energético venezolano, con reglas más favorables a la inversión extranjera, resultaría especialmente atractivo para las compañías petroleras internacionales. Esa inversión difícilmente voltearía a ver a México.
Lo ocurrido en Venezuela es un recordatorio de que la geopolítica del siglo XXI se entiende mirando menos las narrativas y más a los recursos que sostienen al mundo.
El agua es la base de la vida. La energía es la base de toda actividad productiva. Y la información, hoy más que nunca, es poder. Quien logre articular estos tres elementos de manera sostenible y estratégica definirá los bloques de influencia del futuro.
@RubenGaliciaB

