La aprobación en lo general, por parte del Senado, de la jornada laboral de 40 horas marca uno de los cambios más significativos en el sistema laboral de México en las últimas décadas.

Y aunque la consigna original exigía 40 horas y dos días de descanso, la reforma deja abierta la distribución específica de la jornada y establece que las horas adicionales deberán pagarse como tiempo extra. En el papel, se trata de una medida alineada con estándares internacionales y con una aspiración legítima: mejorar la calidad de vida del trabajador mexicano.

Sin embargo, considero que el análisis debe ir más allá. México es uno de los países donde más horas se trabajan al año, alrededor de 2,220, muy por encima de Estados Unidos o Alemania. Sin embargo, esa intensidad no se traduce en mayor productividad. En las economías desarrolladas se trabaja menos no por indulgencia social, sino porque cada hora genera más valor.

La pregunta clave entonces es, si debemos trabajar menos o si se trata de producir más en menos tiempo. En 2025, el empleo manufacturero cayó 1.98%, acumulando tres años consecutivos de contracción. En ese contexto, reducir la jornada sin elevar productividad podría presionar costos, especialmente para pequeñas y medianas empresas. La fórmula económica es simple: una empresa mejora productividad produciendo lo mismo con menos recursos o produciendo más con los mismos recursos. La reforma obligará a acelerar esa decisión.

En esta discusión también es importante tomar en cuenta un factor que no existía hasta hace unos años: la inteligencia artificial. En Estados Unidos comienzan a observarse señales claras de aumento de productividad asociadas a la adopción tecnológica, incluso en un contexto de menor crecimiento del empleo. Si México acompaña la reducción de jornada con inversión en digitalización, automatización y capacitación, podría convertir la reforma en un catalizador de modernización. Si no lo hace, corre el riesgo de reducir horas sin aumentar valor.

El contexto global también da mucho de qué hablar. Mientras México apuesta por menos horas, al mismo tiempo Argentina discute flexibilización y reducción de cargas patronales para estimular contratación. Son estrategias distintas frente al mismo dilema: cómo equilibrar competitividad y derechos laborales en economías presionadas por bajo crecimiento.

La evidencia empírica terminará inclinando la balanza. El empleo es uno de los indicadores más fáciles de medir y seguir. En poco tiempo sabremos si la reducción de jornada estimuló productividad, inversión y formalidad o si, por el contrario, incentivó sustitución laboral y mayor informalidad.

La reforma mexicana puede ser un avance social significativo. Pero su éxito no dependerá del número de horas en la ley, sino de la capacidad del país para elevar productividad, formalidad y tecnología. En la economía del siglo XXI, el verdadero indicador no es cuánto trabajamos, sino cuánto producimos en cada hora. Sin ese salto, cualquier reforma laboral será apenas un ajuste cosmético en una estructura que necesita transformarse de fondo.

@RubenGaliciaB

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